viernes, 15 de septiembre de 2017

Una Constante de Infinitas Variables "Capítulo Uno"

Se subió a la barca. Quim era más bien bajito para su edad, regordete, y siempre fruncía el ceño para hablar, la mayoría de las veces lo hacía para quejarse.

- Esta barca es vieja y fea.

- Vamos hijo, lo pasaremos en grande. - le dijo su padre- .

Quim tenía ocho años, llevaba los últimos seis meses de aventura en aventura junto a su padre, Ramón. La madre del pequeño estaba ingresada en el hospital de la capital. Ellos vivían en un pequeño pueblo llamado Sant Vicenç.

Al poco rato de partir, navegando mar en calma, Quim se encerró en el único camarote de la barca, para jugar con su consola portátil. La guardó en la mochila, antes de salir de casa, sin que su padre se diera cuenta. A Ramón no le gustaba que su hijo la llevara a una de sus "salidas especiales", pero tampoco se lo prohibía.

- ¡Ven hijo, no te pierdas ésto! - gritó entusiasmado Ramón- .

- ¡Voy papá!

Los delfines saltaban muy cerca de la barca, los rayos de sol iluminaban sus azuladas pieles, y en contacto con el agua destellaban luminosas figuras a los ojos de padre e hijo, salpicando sus sonrientes y asombrados rostros.

Tras un par de horas de navegar, de retorno al puerto, Quim y Ramón merendaban un gran bocadillo de atún con olivas rellenas de anchoa, el preferido del niño.

- Papá, ¿cuándo iremos a visitar a mamá?

- Pronto, hijo. ¿La echas de menos?

- Mucho, pero me da miedo.

- Yo también la echo de menos, y también entiendo tu miedo.

Todo pasó muy rápido a partir de aquel momento, a pocos kilómetros de la costa, les debía quedar poco más de una hora para llegar al puerto, cuándo el mar empezó a olear, primero de manera suave, y en seguida de manera más violenta contra la barca, las olas crecían a una velocidad vertiginosa. El mar se tornó turbulento en el mismo instante en el que se oscureció el cielo, empezó a tronar y a llover con fuerza. Padre e hijo se encerraron en el camarote. La radio no funcionaba, los móviles no daban señal. A fuera el viento soplaba cada vez con más furia, la barca zozobraba cómo una mariposa de papel en el ojo de un huracán.

Ramón abrazó a su hijo, y así ambos, aferrados el uno al otro, volteaban sobre el futón, cayendo varias veces en el suelo del camarote, durante largo rato. Afuera, rayos y truenos iluminaban el cielo negro y enmudecían el oleaje. Ramón se preguntaba, atónito y aliviado, como era posible que aquella pequeña barca de alquiler no volcara con las turbulencias de aquel mar enfurecido. Llevaban varias horas allí encerrados, sin luz, sin radio. Todos los dispositivos electrónicos habían dejado de funcionar. El móvil de Ramón no se encendía, al igual que la consola portátil de Quim.

El tiempo pareció dejar de existir en aquel reducido lugar, el mareo de padre e hijo era insoportable, y justo en el instante en el que Quim se soltó de su padre para vomitar, mientras rodaba hacia el lado en el que se tumbaba la barca, justo antes de golpearse la cabeza con un madero del lateral, la barca se sostuvo en equilibrio, sobre un mar en total calma.
Todo cesó; el oleaje, rayos y truenos, lluvia y viento. Se hizo el silencio y la quietud.

El pequeño abrió los ojos, destensó los puños y relajó su agarrotado cuerpo. Aún estaba muy mareado y las ganas de devolver no se le habían pasado. Buscó a su padre con la mirada.

- ¿Papá?

Volteó la cabeza para hallar a su padre, pero allí no había nadie más que él, estaba solo en aquel diminuto camarote. Abrió la escotilla, el miedo le recorría las venas, salió al exterior de la pequeña barca. Divisó el timón, la proa y la popa, su padre no estaba. Quim se encontraba totalmente solo, en medio de un inmenso y desconocido océano, iluminado por la tenue luz de las estrellas y de una media luna menguante. Sobre un mar perversamente tranquilo. El terror se apoderó de cada uno de los átomos de Quim, se desplomó sobre el suelo de madera blanca de la barca, se tumbó de costado en posición fetal, temblando de frío, agarrando sus piernas dobladas con ambas manos, lloraba sin cesar, rompiendo el llanto cada cierto tiempo por un infernal y agudo chillido.

Una enorme ave planeaba en círculos a varios metros sobre la barca, descendiendo en espiral hasta voltear sobre el cuerpo del pequeño y solitario navegante. La gaviota se posó sobre la aleta de estribor, de cara al niño, quien abrió los ojos al sentir aquel pequeño ruido en el insoportable silencio de la soledad.

Aquel pájaro de mar abrió el pico, observando con extraña y humana mirada al niño.

- ¿Estás preparado para continuar tu viaje?

* * *

A Quim se le cortó el llanto de golpe, y la respiración. No daba crédito a lo que sus ojos veían, ni a lo que sus oídos oían. Una gaviota parlante. Tenía miedo, su padre había desaparecido, se había evaporado junto a aquella terrible tormenta. Sentía terror ante aquella ave que le miraba fijamente a los ojos, ladeando la cabeza a un lado y a otro, como esperando una respuesta por parte de él.

- ¡Largo, demonio!

Quim apoyó la frente contra el suelo y de nuevo empezó a sollozar de manera incontrolable.

Pero aquel ave, aquella gaviota parlante no se fue, hizo caso omiso al deseo de Quim de que se largara de allí, y tampoco se ofendió por que la llamara demonio. Muy al contrario de lo que Quim pudiera esperar, la criatura alada insistió en su menester.

- ¿Vas a dejar ese llanto ensordecedor, pequeño? El viaje no ha hecho más que empezar. No hay prisa, pero te estás perdiendo algo realmente espectacular, algo que no has visto jamás.

Quim levantó la cabeza y observó a la gaviota. Ésta abrió el pico y chilló con aguda estridencia.

- ¡Mira el cielo, pequeño, mira el cielo! - Y Quim miró el cielo -.

No era el cielo negro que había un instante antes sobre el mar, ni el cielo azul y despejado de hacía unas pocas horas, era una inmensa cristalera de tonalidades verdes por las que se colaban los rayos de un enorme y rojo sol, como la nariz de un payaso gigante. Y en el centro de aquella portentosa vidriera se hallaba la silueta de la madre de Quim, éste apreció rápidamente el dibujo, era claramente Julia, representada por varios cristales verdosos. La figura sostenía una jarra, y con ella vertía agua sobre la base del vitral.

- Ahora, sígueme - le dijo la gaviota a Quim, justo antes de desplegar las alas y ponerse a volar hacia algún lugar -.

"¿Cómo?"  - se preguntó el niño, justo antes de que la barca empezara a navegar tras el ave. Sin viento ni vela, y sin motor que la hiciera funcionar.





Continuará...