jueves, 2 de noviembre de 2017

Hijas de la Ilusión

Fueron criaturas maravillosas y deleznables, creadoras de dichas impresiones; del bien y del mal.
En constante ambigüedad y relatividad, ante las cuestiones que prevalecían en el entendimiento de lo interno y externo del mundo que habitaban. Fueron humanos, simples animales evolutivos, y llegaron a ser personas, complejas entidades de ilusoria identidad.

Hijas de la ilusión; ese fue el nombre que recibieron por parte de nuestras observadoras, antes de perecer y devolver la armonía a la tierra, cuya salud pendía de un hilo, al borde de la extinción, por la cara más oscura de aquellos bípedos llenos de amor y de vida, pero a su vez; crueles e insensatos.



 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Una Constante de Infinitas Variables "Capítulo Uno"

Se subió a la barca. Quim era más bien bajito para su edad, regordete, y siempre fruncía el ceño para hablar, la mayoría de las veces lo hacía para quejarse.

- Esta barca es vieja y fea.

- Vamos hijo, lo pasaremos en grande. - le dijo su padre- .

Quim tenía ocho años, llevaba los últimos seis meses de aventura en aventura junto a su padre, Ramón. La madre del pequeño estaba ingresada en el hospital de la capital. Ellos vivían en un pequeño pueblo llamado Sant Vicenç.

Al poco rato de partir, navegando mar en calma, Quim se encerró en el único camarote de la barca, para jugar con su consola portátil. La guardó en la mochila, antes de salir de casa, sin que su padre se diera cuenta. A Ramón no le gustaba que su hijo la llevara a una de sus "salidas especiales", pero tampoco se lo prohibía.

- ¡Ven hijo, no te pierdas ésto! - gritó entusiasmado Ramón- .

- ¡Voy papá!

Los delfines saltaban muy cerca de la barca, los rayos de sol iluminaban sus azuladas pieles, y en contacto con el agua destellaban luminosas figuras a los ojos de padre e hijo, salpicando sus sonrientes y asombrados rostros.

Tras un par de horas de navegar, de retorno al puerto, Quim y Ramón merendaban un gran bocadillo de atún con olivas rellenas de anchoa, el preferido del niño.

- Papá, ¿cuándo iremos a visitar a mamá?

- Pronto, hijo. ¿La echas de menos?

- Mucho, pero me da miedo.

- Yo también la echo de menos, y también entiendo tu miedo.

Todo pasó muy rápido a partir de aquel momento, a pocos kilómetros de la costa, les debía quedar poco más de una hora para llegar al puerto, cuándo el mar empezó a olear, primero de manera suave, y en seguida de manera más violenta contra la barca, las olas crecían a una velocidad vertiginosa. El mar se tornó turbulento en el mismo instante en el que se oscureció el cielo, empezó a tronar y a llover con fuerza. Padre e hijo se encerraron en el camarote. La radio no funcionaba, los móviles no daban señal. A fuera el viento soplaba cada vez con más furia, la barca zozobraba cómo una mariposa de papel en el ojo de un huracán.

Ramón abrazó a su hijo, y así ambos, aferrados el uno al otro, volteaban sobre el futón, cayendo varias veces en el suelo del camarote, durante largo rato. Afuera, rayos y truenos iluminaban el cielo negro y enmudecían el oleaje. Ramón se preguntaba, atónito y aliviado, como era posible que aquella pequeña barca de alquiler no volcara con las turbulencias de aquel mar enfurecido. Llevaban varias horas allí encerrados, sin luz, sin radio. Todos los dispositivos electrónicos habían dejado de funcionar. El móvil de Ramón no se encendía, al igual que la consola portátil de Quim.

El tiempo pareció dejar de existir en aquel reducido lugar, el mareo de padre e hijo era insoportable, y justo en el instante en el que Quim se soltó de su padre para vomitar, mientras rodaba hacia el lado en el que se tumbaba la barca, justo antes de golpearse la cabeza con un madero del lateral, la barca se sostuvo en equilibrio, sobre un mar en total calma.
Todo cesó; el oleaje, rayos y truenos, lluvia y viento. Se hizo el silencio y la quietud.

El pequeño abrió los ojos, destensó los puños y relajó su agarrotado cuerpo. Aún estaba muy mareado y las ganas de devolver no se le habían pasado. Buscó a su padre con la mirada.

- ¿Papá?

Volteó la cabeza para hallar a su padre, pero allí no había nadie más que él, estaba solo en aquel diminuto camarote. Abrió la escotilla, el miedo le recorría las venas, salió al exterior de la pequeña barca. Divisó el timón, la proa y la popa, su padre no estaba. Quim se encontraba totalmente solo, en medio de un inmenso y desconocido océano, iluminado por la tenue luz de las estrellas y de una media luna menguante. Sobre un mar perversamente tranquilo. El terror se apoderó de cada uno de los átomos de Quim, se desplomó sobre el suelo de madera blanca de la barca, se tumbó de costado en posición fetal, temblando de frío, agarrando sus piernas dobladas con ambas manos, lloraba sin cesar, rompiendo el llanto cada cierto tiempo por un infernal y agudo chillido.

Una enorme ave planeaba en círculos a varios metros sobre la barca, descendiendo en espiral hasta voltear sobre el cuerpo del pequeño y solitario navegante. La gaviota se posó sobre la aleta de estribor, de cara al niño, quien abrió los ojos al sentir aquel pequeño ruido en el insoportable silencio de la soledad.

Aquel pájaro de mar abrió el pico, observando con extraña y humana mirada al niño.

- ¿Estás preparado para continuar tu viaje?

* * *

A Quim se le cortó el llanto de golpe, y la respiración. No daba crédito a lo que sus ojos veían, ni a lo que sus oídos oían. Una gaviota parlante. Tenía miedo, su padre había desaparecido, se había evaporado junto a aquella terrible tormenta. Sentía terror ante aquella ave que le miraba fijamente a los ojos, ladeando la cabeza a un lado y a otro, como esperando una respuesta por parte de él.

- ¡Largo, demonio!

Quim apoyó la frente contra el suelo y de nuevo empezó a sollozar de manera incontrolable.

Pero aquel ave, aquella gaviota parlante no se fue, hizo caso omiso al deseo de Quim de que se largara de allí, y tampoco se ofendió por que la llamara demonio. Muy al contrario de lo que Quim pudiera esperar, la criatura alada insistió en su menester.

- ¿Vas a dejar ese llanto ensordecedor, pequeño? El viaje no ha hecho más que empezar. No hay prisa, pero te estás perdiendo algo realmente espectacular, algo que no has visto jamás.

Quim levantó la cabeza y observó a la gaviota. Ésta abrió el pico y chilló con aguda estridencia.

- ¡Mira el cielo, pequeño, mira el cielo! - Y Quim miró el cielo -.

No era el cielo negro que había un instante antes sobre el mar, ni el cielo azul y despejado de hacía unas pocas horas, era una inmensa cristalera de tonalidades verdes por las que se colaban los rayos de un enorme y rojo sol, como la nariz de un payaso gigante. Y en el centro de aquella portentosa vidriera se hallaba la silueta de la madre de Quim, éste apreció rápidamente el dibujo, era claramente Julia, representada por varios cristales verdosos. La figura sostenía una jarra, y con ella vertía agua sobre la base del vitral.

- Ahora, sígueme - le dijo la gaviota a Quim, justo antes de desplegar las alas y ponerse a volar hacia algún lugar -.

"¿Cómo?"  - se preguntó el niño, justo antes de que la barca empezara a navegar tras el ave. Sin viento ni vela, y sin motor que la hiciera funcionar.





Continuará...

lunes, 7 de agosto de 2017

Ananda y El Repartidor de Esquelas

Ananda es un nombre hindú, significa felicidad y dicha, sin embargo, nuestra protagonista vivía todo lo contrario, a pesar de que sus padres la llamaron así al nacer. También le tatuaron un pequeño punto en la frente, y otros dos en ambas palmas de sus diminutas manos, todo ello para ahuyentar a los malos espíritus, pero no a ellos mismos, los que se suponía que debían amarla y protegerla.

A los dieciséis años, Ananda residía muy lejos de su tierra natal, junto a una familia de acogida. No obstante, le quedaban unos meses para regresar a la India, para contraer matrimonio con Naraka, quien había sido amigo suyo, durante toda su infancia. No le amaba, pero sentía que debía corresponder al deseo de la familia que allí le quedaba.

Fue entonces cuando Ananda conoció a Fernando, Nando para sus amigos, y "el repartidor de esquelas", para el resto del pueblo.

Ananda y Nando... Un amor a primera, a segunda, y a todas las posteriores vistas. Vistas, palabras, caricias, y un sentimiento en común que crecía a pasos agigantados.

En el mundo nacen más de trescientas cincuenta mil personas al día, y mueren más de doscientas mil.
En aquel pequeño pueblo, donde vivían Ananda y Nando, moría de media, una persona cada dos días.

Nando recorría las calles repartiendo esquelas, y la mayoría volaban sin rumbo.

Ananda contaba los días que le quedaban para regresar a la India, para casarse con Naraka, cuyo nombre, por cierto, significa infierno.

Nando besaba a Ananda, antes y después de anunciar la muerte en cada rincón de aquel pequeño pueblo.

Ananda besaba a Nando, antes y después de encerrarse en su habitación a derramar todo su pesar.

Pero cierto día, y al siguiente, y al otro también, no hubo esquela alguna que revoloteara por las calles del pueblecito. Sin embargo, la dama sin piel, de hueso gris y afilada guadaña, sí había sesgado otra vida de aquel lugar sumido en la más profunda tristeza.

No había papeletas anunciando la muerte de aquel, sencillamente porque quién había fallecido era el mismísimo repartidor de esquelas.

Ananda significa felicidad y dicha, Naraka significa infierno. Pero aquel día las lágrimas apagaron el fuego, y no hubo unión, ni correspondencia al deseo de otros, aunque fueran de la propia familia. No hubo nada que uno no quisiera. Nada más que libertad, y cierto sentido al nombre que elegimos nosotros mismos.





Fin





viernes, 28 de julio de 2017

CARIES

Primavera del 2002

El hombre oscuro bañado de negro, el pincel agrietando el folio en blanco.

Lucía huía con el cielo derrumbándose sobre su frágil cabeza, cuando el hombre teñido de diabólico hollín pisoteaba su diminuta sombra, poco antes de salvaguardarse en una cueva de infinita profundidad. No vio luz alguna al final de aquel laberíntico túnel.

Ruth atendió al teléfono.

- No tengo ni idea de donde puede estar... busca entre los cojines del sofá... sí, Jacobo, en una hora más o menos... tengo que colgar... me han llamado de la guardería, Lucía está enferma... cuelgo... sí, Jacobo, sí.

Ruth colgó y marchó a toda prisa.

Con tan solo tres años de edad, Lucía experimentaba su primera incursión en el adulto mundo de la maquiavélica costumbre humana de provocar dolor. En el espacio onírico de su mente se protegía de la mísera realidad que la acechaba.

Alzó sus pequeñas manos y desconchó el techo de la gruta cavernosa en la que se hallaba, dejando que los rayos de luz del exterior penetraran hasta alcanzar sus vaporosas ideas. Lágrimas de azufre se inyectaban tras sus párpados, se alimentó de ellas, del río ocre que inundaba sus pies. Una brecha que aumentaba de tamaño en las paredes de su protectora prisión invitó al señor color verde, a su hermana; la señorita naranja, todos sus primos se unieron; el rojo, el malva, el rosa, el amarillo...

Con las palmas de sus manos hacia arriba, apretadas entre si formando un cuenco, tomó del mar de colores que cubría su agitado cuerpo. Bebió hasta atiborrar su estómago de aquella alucinante fantasía que la ocultaba del oscuro ser.

* * *

Invierno del 2016

Creedme cuando os digo que no actué con maldad. Era joven y estaba enamorada, llegué a sentir que si algo malo había ocurrido, no se repetiría. Quizás pequé por no hacer caso a la razón, mi mente me instigaba a la repulsión, me persuadía para que me alejara de él, pero aún le quería, necesitaba sus abrazos y sus besos, su presencia me reconfortaba. Era un hombre amable, me escuchaba y me daba muchísimo placer. No necesité olvidar lo que había sucedido por que, la verdad, jamás llegué a saber lo que realmente había ocurrido en nuestro hogar.

Esta noche he notado a Jacobo extraño, sé que algo le ha pasado, no creo que su actitud se deba únicamente al dolor de muela que acarrea desde hace unos pocos días.

- ¡San Jacobo! ¿Qué tal, hombre?

- Tu siempre tan gracioso, Javier. Igualito que a los catorce años.

- ¿Qué pasa, compadre?

- Mal, muy mal. Me duele la muela horrores, y para más inri, malas noticias en el trabajo.

- ¿Aún sigues en la fábrica de chocolate, Willy Wonka?

- Ja, ja, ja... Sí, ahí sigo. Me han quitado las horas extras, las necesitábamos como agua de mayo en casa.

- Vaya, hombre. Lo siento, amigo.

Jacobo en la sala de espera admiraba una serie de fotografías en su teléfono móvil, con precaución de que los allí presentes no las vieran.

- ¿Sr. Álvarez?

- Si.

Tras el rápido reconocimiento de la Dra. Vila, odontóloga del hospital St. Lorens:

- Tiene una severa caries en la muela del juicio. Mi recomendación es la inmediata extracción. Podría limpiarse y poner un empaste, pero está demasiado rota.

- La extracción será lo mejor.

- De acuerdo. Pida hora en admisiones.

* * *

Daniel, el hijo menor de Ruth y Jacobo, se pasaba las horas, desde que acababa sus deberes hasta la hora de la cena, jugando con su consola portátil. Aquella tarde su padre le abrió la mochila para mirar su agenda, con el fin de ver si tenía escrita alguna nota de la tutora. Mientras buscaba en el interior de la mochila vio algo extraño. Del estuche de Daniel asomaba lo que parecía ser la patilla de unas gafas, su hijo no usaba lentes. Abrió el estuche y, en efecto, allí habían unas pequeñas gafas graduadas a las cuales les faltaban uno de los cristales. La montura estaba visiblemente dañada.

Jacobo le mostró el hallazgo a su hijo.

- ¿Qué es esto?

- Unas gafas.

- Ya... ¿Qué hacen estas gafas rotas en tu estuche y de quién son?

- No lo sé.

Al instante Jacobo supo que su hijo le mentía, que escondía algo que no debía ser nada bueno, por la mirada de culpabilidad y el enrojecimiento de sus mejillas. Incluso sus ojos se tornaron llorosos.

- ¿Qué ha pasado Daniel? - le preguntó con tono comprensivo -.

- Nada.

- Está bien, ya hablaremos después. Ve a sonarte los mocos.

Lucía, la hija mayor de Ruth e hijastra de Jacobo, llegó a casa a las siete de la tarde. Sabía que el encuentro con su padrastro le traería una nueva riña.

- La princesa de la casa ha llegado.

- Hey...

- ¿Has ido a buscar trabajo?

- Déjame en paz, ¿vale?

- No, no vale. ¡Haz algo con tu vida, niña!

Lucía le levantó el dedo corazón a Jacobo y acto seguido se encerró en su habitación.

* * *

El ser oscuro perseguía a Lucía, una sombra, la silueta de un hombre bañado de diabólico hollín. Lucía gritaba: "¡Mamá, por favor, mamá!" Pero ella no respondía, oculta en un rincón ignoraba lo que allí sucedía.

Ruth se despertó empapada, de un sobresalto, justo en el instante en el que aquellas monstruosas manos se posaban sobre el cuerpo de su pequeña hija. Aquella eterna pesadilla se repetía de nuevo.

Ruth era co-propietaria junto a su hermana, Estrella, de una peluquería. "Nuni's"  llevaba abierta tres años, y el negocio no marchaba demasiado bien. Muchos gastos y poca clientela.

- ¿Te encuentras bien, Ruth?

- Otra mala noche.

- No descansas lo suficiente. Podrías tomarte unos días de fiesta, total, puedo yo sola con lo que tenemos.

- No me lo digas dos veces.

- Tres, si hace falta.

Lucía se pasaba el día en casa de una amiga. Sara era mayor que ella, vivía sola, con una pensión de orfandad se costeaba el alquiler y la compra mensual para llenar su despensa. Ambas compartían un placentero aislamiento basado en el dolor autoinfligido.

Tumbadas en la cama, escuchando el "Requiem de Mozart", se realizaban cortes en brazos y muslos con una hoja de afeitar, empapando de sangre una gran toalla.

- Te amo, Lucía.

- Y yo a ti, Sara.

* * *

Aquella misma tarde, Ruth libró del trabajo. Acompañó a Jacobo al colegio a buscar a Daniel, luego él tenía hora con la doctora Luz Vila para la extracción de la muela picada. Le dolía horrores.

Una vez hubieron recogido a Daniel, fueron al parque que había al lado del colegio a que el niño merendara y jugara un rato. Faltaba media hora para que Jacobo marchara a su cita con la odontóloga.

Ruth y Jacobo se fumaban un cigarrillo, apoyados al otro lado de la valla de madera que limitaba el parque. Jacobo se fijó en un  crío, debía tener unos cuatro años, tenía el brazo escaloyado y llevaba puestas unas gafas, parecían nuevas.

Jacobó marchó al dentista.

El primer pinchazo fue el instante más doloroso, y tampoco lo fue en demasía.

La doctora Luz Vila presionó con una varilla de acero en el centro de la caries.

- ¿Sientes dolor?

Con dificultad, Jacobo, respondió:

- Un poco.

El segundo pinchazo fue apenas indoloro. Luego la doctora agarró una especie de alicates con las puntas curvadas y se puso manos a la obra con la extracción. Fue rápido y fácil. Todo marchó estupendamente para Jacobo, quien salió de la consulta satisfecho y agradecido por el buen saber hacer de Luz.

De camino a casa, en el auto, Ruth miraba a Daniel por el retrovisor, éste jugaba con un coche y un camión. Simulaba un accidente golpeando ambos juguetes, entonces, Daniel volteaba el cochecito y reía.

- Están muertos, todos han muerto.

- ¡Vaya! ¿Un tanto macabro, no, Daniel?

- Ja, ja, ja. Solo es un juego, mami.

* * *

En la consulta de la Dra. Vila.

- ¿Has fumado estos días?

- Si. A las tres horas de la extracción ya fumé.

- Puede que esa sea la razón más probable.

- Si, puede.

- Antibiótico cada ocho horas durante dos semanas.

Lo peor era el sabor. Imaginad una supuración de pus en la misma boca. Con un palillo de dientes podía quitar una capa blanca y pestilente de mi lengua. Las noches eran horribles. Me despertaba con el paladar impregnado de aquella pasta maloliente y agria.

Jacobo acompañaba a Daniel a una fiesta de cumpleaños. Aquella mañana de sábado había vuelto a enfrentarse a Lucía. La infección y el dolor no le hacían el transcurso de las horas del día nada fáciles.

- Papá.

- Dime, hijo.

- Yo... Le rompí el brazo a aquel niño. Lo hice a propósito. Se le rompieron las gafas y me las llevé.

- No debes hacer algo así jamás.

- Ya lo sé, pero...

Daniel rompió a llorar.

- ¿Eres una niña, o un maricón?

- ¿Qué?

- ¡No llores! Lo que no debes hacer nunca es decir que has hecho algo así. Debes protegerte, no culparte. Si le rompiste el brazo a un mocoso, ¡te callas!, ¿me oyes?

- Si, pero...

- ¡Pero nada, Daniel!

- Lo hice a propósito. Estábamos en aquellos matorrales del parque...

- ¡No sigas, Daniel! ¡No quiero saber más!, si hiciste algo malo, te callas. ¡Ya lo olvidarás!

* * *

El oscuro ser tiene rostro, es la cara de Jacobo la que se esconde tras la negra figura que acecha a la pequeña Lucía.

Ruth observa en sus pesadillas cómo el hombre bañado de diabólico hollín pisa los talones de su hija. No quiere nada bueno de ella, el gozo del asesinato de la inocencia, la crueldad de la perversión.

Lucía está escondida, su madre abre la puerta que conduce al depredador hacia su presa.

Lucía regresa a casa, su madre la espera. Tienen que hablar, ambas lo saben.

Ruth se siente culpable por sus malas decisiones, por su indiferencia, por anteponer su deseo al sufrimiento de su hija, en el pasado y en el presente.

Lucía no puede perdonarla.

Jacobo va a buscar a Daniel a la fiesta de cumpleaños. Regresan en el auto.

A mitad del trayecto, Jacobo va a frenar cuando ve un camión que se dirige hacia ellos, pero sobre el pedal del freno se ha colocado un coche de juguete de su hijo, pisa con el pie el objeto y se le resbala hacia un lado. El camión frena y gira sobre si mismo.

Impacto.


* * *



Primavera del 2002

Ruth entró en la clase y encontró a su hija de color morado, en una esquina, con los otros niños a su alrededor y la maestra rodeándola con sus brazos. Lucía comenzó a vomitar; pinturas y trozos de papel, hasta que se encasquilló y se le hincharon las venas del cuello. Ruth dio una fuerte palmada en la espalda de su hija y puso la otra mano frente a su boca, ésta devolvió aquello que apresaba en su garganta.

- Hemos llamado a una ambulancia - le comunicó la maestra a la madre de la pequeña -.

- No hará falta.

Ruth agarró su teléfono móvil y marcó, tuvo que esperar tres tonos, esa fue la pausa más dramática de su vida.

- Jacobo, deja de buscar.

En su mano, entre grumos acrílicos, brillaba aquella maldita alianza, y en los ojos de su aliviada hija pudo ver que aquel acto no había sido una simple gamberrada. Comprendió el comportamiento extraño de Lucía en aquellos últimos meses, entendió el significado de los dibujos que había estado haciendo su pequeña, en los que aparecía aquel oscuro ser, bañado de negro, teñido de diabólico hollín, y supo en aquel mismo instante que Jacobo debía marcharse inmediatamente de su hogar, y abandonar sus vidas por siempre jamás.

Sin embargo...


FIN



jueves, 27 de julio de 2017

Rutina Perfecta

En el zenit de la rutina me hallaba, en la búsqueda de la perfección de todos y cada uno de los detalles que conmemoraban cada uno de mis días. Secuencia tras secuencia, plano tras plano, con los ojos anclados en cada fotograma, como objetivos de una realidad constructiva e imperecedera.

Aquella tarde rompí con mi perfecta rutina y me fui a pescar.

Sentado al borde de un acantilado, lancé el invisible hilo de mi imaginaria caña, con la esperanza de pescar alguna idea. En breve algo muy grande empezó a tirar de mí, mar adentro. La caña se partió en dos y caí hacia atrás, dándome un buen trompazo en la sien. Vi las estrellas, y me aferré con fuerza a una de ellas.

En ese instante encontré la anhelada inspiración.

Continúo con mi rutina, disfrutando de una gradual mejora, pero de vez en cuando rompo con ella, me lanzo al mar, y con mis propias manos agarro alguna buena idea con la que satisfacer mi creatividad.

Un mar de letras al que he regresado no solo por necesidad,  si no por puro gozo.








viernes, 31 de marzo de 2017

Poder Absoluto

Guiño un ojo y con el brazo estirado, abro la mano y agarro un coche con los dedos, es un sencillo juego óptico, pero a mí me da resultado, puedo poner el auto en lo alto de una cornisa, o lanzarlo al sol, por poner un ejemplo. Puedo mover edificios, borrar lo que quiera, y crear lo que se me antoje. Tengo el poder de la creación y la destrucción, un poder absoluto, sin límites, propulsado por la imaginación. Para mí, cualquier cosa es posible: pausar el tiempo, rebobinarlo, estirarlo, avanzarlo y doblarlo.

Tengo un plan, cambiar el mundo. Yo puedo hacerlo, para mí es fácil.





martes, 7 de marzo de 2017

Secretos "3ª Parte" - La Jota Negra -

*Relato escrito a dúo con María Campra: "Encantadora de Cuentos"


3ª Parte "La Jota Negra"

Se estaba secando el rostro con una toalla, acababa de salir de su última ducha, y pronto dejaría ir su último aliento. Carlos Zafiro se encontró conmigo a sus espaldas, me vio reflejada en el espejo de su baño. Se dio la vuelta y movió sus labios. No le dio tiempo a emitir ni una sola palabra, no pudo suplicar por su vida. El agujero humeante en su cráneo lo certificaba. Cayó cómo caen todos, cómo un castillo de naipes, a plomo.

El objetivo había sido fácilmente localizado, y aún más fácil si cabe; eliminado. Esa misma noche abandonaríamos nuestras nuevas máscaras, y nuestro falso hogar.

Él me esperaba en el auto. Acordamos que solo uno de nosotros bastaba para acabar con Zafiro. Nos lo jugamos a una mano de la "jota negra". Gané. Me gusta mi trabajo.

Al llegar a aquella casa todo se tornó irreal, no me acostumbro a esta parte, aún menos cuando una se ha enamorado de verdad. El servicio de limpieza de la agencia tardó dos días en vaciar el que fue nuestro hogar durante aquel año. Solo había que esperar a nuestros taxis, y no volver a vernos jamás. Pero ambos sabíamos que eso no iba a pasar.

* * *

- Mi verdadero nombre es Luca. 

- ¿Perdón?

- Mi nombre...

- Si, ya te oí. No debiste decírmelo. 

* * *

Aún recuerdo la primera vez que rompimos las cadenas del deseo prohibido. Estirados sobre la cama, repasábamos nuestros papeles a interpretar. Fechas, anécdotas... estupideces. Teníamos invitados aquella noche, una pareja de vecinos, los Falio, o Fadalio, no lo recuerdo. Menudos ingenuos enamorados, pero fue divertido. 

Me rozó un pie con las puntas de los dedos de su mano, y caminó sobre mi muslo con dos de ellos. Silbando una melodía de Jazz. Él sabía que la atracción me delataba, me habló del brillo de mis ojos, y de mi sonrisa. Me sedujo con sus palabras, su sentido del humor. Un par de caricias fueron suficientes para hacer volar las sábanas. Y caímos en la tentación. 

Aquella fue la primera vez que hicimos el amor, la primera de muchas otras.

Pero no debiste revelarme tu verdadero nombre. Todos los que supieron el mío están muertos.

* * *

Querida compañera, los secretos son mentiras disfrazadas de ausencia, y tarde o temprano salen a la luz, mostrando su verdadero rostro. Una vez te encuentras la verdad, cara a cara, ya no habrá máscara que la pueda ocultar.

Recuerdo nuestra primera vez, y las siguientes. Mis palabras te cautivaron, mi sonrisa, mis caricias, caíste en mi red. Aún desconoces quien nos unió en nuestra misión, la verdadera identidad de Zafiro.

Disfruté viendo cómo le metías una bala en la cabeza al último hombre que conocía la verdad que algún día averiguarás. Incorporé una micro cámara en el arma con la que le volaste los sesos, en el auto pude ver con claridad que mi objetivo era eliminado por la persona adecuada. Vi cómo intentó decirte algo antes de que acabaras con su vida, no iba a suplicarte, si es eso lo que pensaste, iba a revelarte el secreto final. De haber sido así, tendría que haberte matado en aquel mismo instante.

¿Crees que no volveremos a saber el uno del otro? ¿Crees qué no queda nadie que sepa tu verdadero nombre?

Jamás he perdido una mano jugando a la "jota negra", Alicia. 





Continuará...

Para leer el siguiente capítulo de "Secretos", por María Campra, pincha aquí.


lunes, 20 de febrero de 2017

Secretos "2ª Parte"

 *Relato escrito a dúo con María Campra "Encantadora de Cuentos"
Para leer la primera parte del relato, pincha aquí.

2ª Parte

Esta noche el cielo está llorando, y sus lágrimas, derramadas sobre mi cabeza, despejan cualquier tipo de duda. No puedo creer que su sorpresa fuera real, sigo siendo una gran actriz, una profesional de la identidad. Puedo cambiar de máscara para cualquier tipo de función, pero estaba allí por una razón, y su reacción; o bien fue la mejor interpretación que mis ojos habían visto, o también trató de ocultar su tentativa.

La duda se abre paso como el agua sobre mi cuerpo. Le amo.

Mañana será el día de las respuestas, sé que no faltará a nuestra cita. En seis años pueden haber pasado infinidad de cosas, en mi caso así ha sido, y aunque él haya podido creer que tan solo ha visto una de mis innumerables caracterizaciones, pronto averiguará que al fin ha descubierto mi verdadera identidad.

Fueron muchos secretos, unos compartidos para el resto del mundo, y los más importantes; los que creamos entre nosotros. Creció un gran conflicto en nuestro hogar, el trabajo que nos unió fue un éxito, pero la ficción se tornó realidad, y sin mencionarlo ni una sola vez, ambos sabíamos que nuestro amor fingido dejó de serlo entre aquellas cuatro paredes.

Prisioneros de nuestros sentimientos reprimidos, llevamos a cabo todas nuestras funciones. Durante mucho tiempo fuimos considerados un matrimonio ejemplar. Nuestros vecinos acabaron siendo nuestros mejores amigos. Tantas veladas con las máscaras puestas, compartiendo falsas anécdotas y riendo sobre divertidos recuerdos que jamás tuvieron lugar. Interpretamos nuestros papeles a la perfección, y nuestro objetivo fue localizado y eliminado sin ninguna dificultad.

Recuerdo aquel desgarrador disparo con total claridad, y al igual que entonces, tras el sutil sonido, y el humeante silenciador, pude sentir que la bala atravesó algo más que el cráneo de aquel hombre detestable, también hizo pedazos mi corazón. Una vez cumplimos nuestras órdenes, debíamos abandonar todo contacto.

Sin mediar palabra, cada uno se subió en su taxi, y sin un adiós, marchamos sin mirar atrás. Supongo que ambos pensamos que el tiempo disiparía cualquier tipo de sentimiento que hubiera nacido en aquel lugar. Nada más lejos de la realidad.

Mi último trabajo ha sido gratamente compensado, sólo de este modo uno logra dejar de ser lo que he sido hasta ahora. Cuando realizas un encargo de tal magnitud, recibes dos cosas, tanto dinero que no podrías gastar en dos vidas, y la jubilación anticipada.

Me muero de ganas de decirte todo aquello que no te dije entonces, que mi amor por ti se tornó real. Conocerás mi verdadero yo. Ahora puedo vivir con quién quiera y dónde quiera. Pero antes debo atar algunos cabos sueltos. Ya no se trata de un trabajo, será la primera vez que mi objetivo provenga de una decisión propia. Una última bala, y al fin seré realmente libre.

Jamás debes enamorarte de un compañero de oficio, eso lo sabe todo buen espía, cualquier asesino a sueldo.

Quedó pendiente una verdadera despedida. El adiós que no nos dijimos.

Llueve sobre mi cabeza, y se despejan todas las dudas. No soporto el agua fría, a mí me gusta hirviendo.



¿Continuará?

viernes, 10 de febrero de 2017

Existencial

Observa los ojos de aquel anciano, son bonitos, ¿verdad?. Puedo descubrir la belleza que se ve reflejada en ellos. Dicen que la belleza está en los ojos de quien la observa, de quien puede apreciarla. Son de un color verde y marrón miel, parecidos a los tuyos. Tus ojos son como dos ventanas abiertas que puedo atravesar sin ninguna dificultad. Mi ser puede pasar a través de tus pupilas, cuando se dilatan me invitan a entrar en tu interior.

Me fusiono con lo que eres, y siento lo que tu sientes, profundamente. Experimento una conexión completa.

No recuerdo mi nombre. No sé cuanto tiempo hace que no salgo de este lugar. No sé por que sigo vivo, si es que lo estoy. Ni me alimento ni me aseo. No hago nada, no soy nadie. Tan solo me descubro paseando por los mismos rincones, una y otra vez. Todo está mugriento, trastos viejos, rotos y sucios, por todas partes. Me cuesta caminar entre tanta basura. Me hundo en ella a cada paso que doy. Ya casi ni puedo avanzar.

¿Quién es ese anciano de ojos tan parecidos a los tuyos? ¿Quién eres tú?
No logro rendirme. Mi mente, la cual no sé a quién pertenece, tan solo me dice una cosa; no puedes rendirte. Debes continuar. Se afana por encontrar una luz al final de este mugriento lugar en el que me encuentro.

Abro una puerta y, con dificultad, me abro paso. Mis pies están atrapados por un mar negro, denso y oscuro. El olor es horrible. A duras penas puedo levantar las piernas para caminar entre el fango. Me sumerjo en este baño de lodo. Ahora tampoco puedo respirar, mis pulmones se encharcan de suciedad. Pero no muero, o a caso, ¿ya estoy muerto? No lo sé.

Hay una mujer que me observa desde la lejanía. Esos ojos, me invitan a regresar. Pero no sé quien eres. Estás demasiado lejos para saber que me quieres decir. Veo que mueves los labios, intentas decirme algo, pero tengo los oídos llenos de mugre.

Es asfixiante, pestilente, y todo lo engulle. La mugre está en cada átomo de mi cuerpo, en cada molécula del espacio en el que me hallo. Y tú, reluciente y cristalina, al otro lado del muro de cristal, me sonríes, y yo no comprendo nada.

Daría todo lo que poseo por un recuerdo, por una pista de quién soy, de dónde estoy, de quién eres tú. Pero no poseo nada, más que mi pensamiento confuso.

Mis córneas se cubren de la oscuridad aquí reinante. Ahora tampoco puedo ver. Se han apagado todos mis sentidos. Y dejo de pensar, para empezar a soñar.

No sé cuantas horas he dormido. Sé que he dormido porque acabo de despertar. Sé qué he soñado, pero no sé el qué. Tengo un recuerdo hecho de sensaciones de agitación, el sudor y los nervios a flor de piel. He tenido pesadillas, pero lo que encuentro al despertar creo que es peor, peor que nada. Suciedad.

El día es un paseo por este lugar de paredes negras, arrastrando y hundiendo mis pies. Hasta que no puedo respirar. Hasta que no puedo ver, ni pensar. Hasta que me duermo de nuevo, y vuelvo a despertar. Un día tras otro, no sé cuantos llevo ya. ¿Meses, años? ¿Una vida tras otra? ¿Despierto y duermo? ¿Vivo y muero?

De repente, alguien posa su mano en mi hombro. Eres tú, la mujer de ojos verdes y marrón miel, cómo los de ese anciano. ¡Lo recuerdo!

Puedo oírte hablar.

- Tranquilo, papá.

Rompo a llorar, y las lágrimas limpian nuestro hogar. La mugre desaparece por un instante.

Me acompañas al baño y me plantas frente al espejo.

¿Quién es ese anciano?

Sus ojos son bonitos, ¿verdad?






Fin



sábado, 21 de enero de 2017

El Efecto Murasaki

El tiempo pasaba perdido para Salvador, o al menos así lo percibía él en su profunda tristeza y severo nihilismo. Él tan solo tuvo un sueño, una sola vez. Se sintió completo y realizado cuando, en su tierna infancia, salvó a una compañera de escuela de caer de bruces contra el asfalto, que por aquel entonces cubría las pistas de los parques. Sintió en aquel instante, en el que agarró a la pequeña por la bata, que su nombre cobraba verdadero sentido. Una razón para ser feliz. Su sueño fue ser un héroe, pero no lo consiguió en sus insistentes intentos.

Con el jersey anudado al cuello creando una capa, y las manos aferradas a sus costados en forma de jarra, se alzaba sobre pequeñas alturas, a merced del viento, ondeando orgulloso su espíritu salvador.

Aunque las alturas fueran ínfimas, la caída nunca era proporcional. Las burlas y los golpes de los más gamberros, le hacían bajar de su nube de ensueño a las profundidades de la depresión infantil.

A los catorce años, Salvador dejó la escuela. Su madre murió de un terrible cáncer de hígado. Su padre trabajaba de sol a sol, y nadie se preocupaba por su bienestar. Empezó a trabajar de canguro, pero no se le daban bien los críos, y tuvo más de un rifirrafe con los padres de los niños que debía cuidar. A los dieciséis acabó en la cocina de una pizzería de franquicia. Allí incrementó su sensación de no ser nadie. La existencia era un gran peso colgado de su frágil cuello. Con veintitrés ya caminaba curvado como un abuelo con escoliosis.

Conoció a una mujer a los treinta. Ya había tenido breves y amargos noviazgos. Pero Sara fue su verdadero amor, y jamás pasaron de ser más que amigos. Esa amistad le devolvió la esperanza en la vida.

Pero fue por aquel entonces que comenzaron las pesadillas con Murasaki, el hombre púrpura.

Sirenas negras le silbaban al oído su nombre; Murasaki, Murasaki, Murasa...

Despertaba empapado en sudor tras la aparición de una violeta figura de ojos brillantes. Salvador pasó de ser un hombre deprimido, a ser un hombre aterrorizado.

Sara trató de ayudarle, pero fue en vano. Su amistad terminó por quebrarse, debido al distanciamiento que él creó entre ambos con su dejadez y apatía.

Salvador encontró su nueva vía de escape en las drogas. Empezó fumando hachís, y acabó enganchado a la ketamina. Sus oscuros sueños con Murasaki no cesaban, pero estos parecían diluirse entre las sustancias que  enturbiaban su mente.

* * *

- ¡Mira a ese señor, mamá!

Salvador, jorobado y canoso, lucía una capa de color malva, ondeada por el viento. Con sus brazos cómo asas de una tetera. El mentón apuntando al cielo, y una sola idea; salvar a alguien, a sí mismo.

Por azar, destino, o los pasos que le llevan a uno a un lugar en un momento concreto. Salvador agarró por la espalda a un hombre que cruzó la calle sin mirar, evitando que a éste lo arrollara un auto.

Aquel hombre, agradecido, abrazó a Salvador.

- ¡Me ha salvado usted la vida!

Jonás se fijó en las estrafalarias pintas de su héroe. No salió de su asombro, y marchó a su trabajo sin mirar atrás.

* * *

Salvador, frente al televisor, horrorizado, veía y escuchaba la triste noticia del autocar accidentado. Los veintiséis niños fallecidos por el error humano del conductor que los llevó al precipicio del fin de sus breves vidas. Apareció el retrato del conductor, y Salvador se derrumbó por completo. Tocó fondo en su mísera vida en el mismo momento en el que había sentido de nuevo que su nombre albergaba un significado, más allá de su superficial existencia.

Salvador pensó en Sara y la llamó para explicarle lo sucedido. Pero ella ya hacía tiempo que había cambiado de número.

* * *

A los setenta y tres años, postrado en la cama de un hospital, el cáncer de hígado consumía sus últimos alientos.

Cayó en sus manos un ensayo. Leyó sobre el río púrpura, y la intoxicación por un metal líquido que acabó con la vida de cuarenta y cinco personas en Japón, en 1912.

El vertido de mercurio en un río por un hombre que, anteriormente, fue salvado de las garras de la muerte por un tal Murasaki.

* * *

Antes de morir, Sara encontró a Salvador, y a los pies de su cama, sentada frente a él le sonrió.

- Siempre fuiste un buen amigo. Me escuchabas y me hacías sentir bien. Creo que me enamoré de ti, pero fue tan fugaz... Te fuiste sin más, por un ridículo sueño y un tormento irreal.

- Sara...





Fin