viernes, 29 de enero de 2016

Padre e Hijo

Relato a dúo para el concurso de "El Círculo de Escritores" Padres e Hijos.



"Padre e Hijo" 1ªParte

Tener un hijo había sido siempre uno de mis mayores deseos. Y mi alegría fue inmensa cuando Tod llegó. Aquel veintinueve de febrero fue inolvidable. Vino al mundo sano y fuerte, pero su llegada, trajo también un gran dolor. Mi esposa murió en el parto, una hemorragia interna terminó con su vida, y con mi felicidad.

Tod ha crecido mucho desde entonces, ahora es un jovencito muy bien parecido. Sin embargo, mis sentimientos hacia él, nunca han sido los esperados. Creo ver en él un halo maligno, que no puedo explicar, y sobre el que no me atrevo a hablar con nadie, por miedo a ser tachado de paranoico. Me he repetido tantas veces, en la soledad de mi alcoba, que son solo imaginaciones mías, fruto de la prematura muerte de mi esposa. Culpo al muchacho por su fallecimiento ¡Eso es! Y no es justo. Ante vuestros ojos debo parecer un hombre horrible.

Pero cada mañana, al despertar, lo encuentro en la cocina y esos pensamientos impíos vuelven a surcar mi mente. Tod está desayunando, y yo evito sentarme a la mesa junto a él, excusándome con cualquier banalidad. Solo cuando lo veo marchar hacia el colegio, me atrevo a acercarme a la mesa, y cada día,encuentro unas gotas de sangre en el plato.

Registro su ropa a menudo, y aunque encuentro en los bolsillos las cosas normales para un niño de su edad, algunas pocas veces, he encontrado los huesecillos de alguna alimaña. Nunca he podido identificar al animal en cuestión, aunque el tamaño de los huesos sugiere, bien a las claras, que no debe de ser más grande que un ratón de campo.

Todos los sucesos que les he detallado, y otros tantos que me reservo, para evitar la aversión del lector, me llevan a una sola e inquietante conclusión. Cualquier hombre, que se considere inteligente, estará de acuerdo conmigo en lo aterrador de mi situación. Pues como padre, tengo una responsabilidad ineludible. Y es por eso, que dejo constancia de los hechos en esta carta, que de haber llegado a su poder, significará que he fracasado en mi empresa. Deseo pues, que el lector concluya lo que yo no pude, por el bien propio, y el de este, nuestro bendito pueblo.


"Padre e Hijo" 2ª Parte 
Por: Edgar K. Yera


Mi nombre es Tod, nací un veintinueve de febrero, en un bello pueblo rodeado de altas montañas. Añoro la fresca brisa de la mañana, sus prados verdes, su noche estrellada.

Tener un padre como el que tengo sería el deseo de cualquier niño, él es bueno, siempre ha querido lo mejor para mí. Pero desde hace tantos años como puedo recordar, su tristeza inunda nuestro hogar, lo persigue como una dilatada sombra, lo engulle y quiebra sus entrañas, se alimenta de su pesar, poco queda de él con vida, solo un ápice de lo que hubiera sido en otras circunstancias.

Ahora todo está oscuro, y la única luz que me acompaña es la mano que me lleva hacia otro lugar.
Cuando vaya, no regresaré jamás. Esta carta escrita con la tinta del tiempo es un reclamo, una voz que se apaga y quiere ser oída antes de marchar.

Padre, si pudieras leer estas letras, entenderías tantas cosas que no logras comprender.

Desearía volver a verte sonreír, como cuando me cogías en brazos y me acunabas. Aún puedo escuchar el sonido de tu voz, el tarareo de aquella nana con la que lograbas que me durmiera en tu regazo.

En la soledad de tu alcoba, te he oído repetir mil veces que tal vez sean imaginaciones tuyas, sin embargo...

Te veo desde el otro lado en el que te encuentras, cierro los ojos para dejar de percibir tu horror. Admiro quieto, en completo silencio, como plasmas sobre un folio en blanco la angustia que experimentas. Omites tantas cosas que gritas en el vacío de nuestro hogar. Maldices tantas veces contra las esquinas, rompiendo tus nudillos contra las paredes.

Deseo que este mal que acarreas desaparezca, y me pregunto si mi presencia puede ser la causa.

He decidido decirte adiós para siempre.

Siento el insoportable dolor de mi padre. Siempre he sabido que mi nacimiento fue su mayor alegría, a pesar de que mamá murió en el parto, y él me culpara por ello.

Pero mis pocos días de vida no fueron suficientes. Cada mañana, él llora por los rincones de la casa, ante una imagen de mí que no está. Llora en la puerta de mi habitación intacta, sobre mis diminutos huesos, en el plato vacío.

Lo veo derramar lágrimas de sangre sobre la blanca cerámica.

Lo vemos llorar, mi madre y yo... Desde tan lejos y tan cerca como nos es posible, antes de dejar éste, nuestro bendito pueblo, nuestro amado hogar.









Fin

sábado, 23 de enero de 2016

Zapatos Viejos

Sebastián fue a comprarse unos zapatos nuevos. Los que llevaba puestos, que eran los únicos que tenía, ya habían cumplido seis años. La suela del zapato derecho se había roto, tenía una grieta tan grande que al andar, cualquier piedra que pisaba se colaba por ella y se instalaba bajo su calcetín, provocándole así, una enorme molestia. El zapato izquierdo tenía una banda totalmente descosida, por allí entraban frío, tierra y pelusas.

Zapatos viejos y deteriorados, por el paso del tiempo y el camino recorrido.

Sebastián sentía con vital necesidad desprenderse de ellos y substituirlos por unos nuevos.

Lo peor eran los días de lluvia, aquellos zapatos viejos no lo protegían del agua. Pisotear un charco con ellos era como sumergir los pies en una palangana a rebosar.

Sebastián entró en una zapatería, eligió un par que lo cautivaron a primera vista, expuestos en el escaparate. Los viejos los puso en una bolsa que le dio la dueña de la tienda, y con su calzado nuevo, marchó feliz hacia el trabajo.

Con cuarenta y cinco años, y nunca mejor dicho, aquel hombre se sentía como un crío con zapatos nuevos.

Al girar una esquina se cruzó con una papelera metálica, y allí mismo, lanzó la bolsa con sus zapatos viejos.

* * *

De vuelta del trabajo, de regreso a su hogar, Sebastián admiraba su nuevo calzado. Al llegar a casa se los mostró orgulloso a su esposa.

- ¡Qué bonitos! - le dijo ella- . Por fin te has deshecho de esos viejos zapatos.

Fue en ese mismo instante que, como un rayo atravesándole la sien, Sebastián se percató de algo, un detalle del que jamás hubiera pensado, tuviera un ápice de importancia, pero que, sin embargo, le hizo sentir algo muy intenso, y aquello lo descolocó por completo.

Pensó:

"Lancé mis zapatos viejos sin despedirme de ellos, sin agradecerles todos los pasos dados, el peso que aguantaron durante tanto tiempo"

No le comentó nada a nadie sobre aquel inesperado e inusual sentimiento de culpabilidad que le había generado tal pensamiento.

Pero... De un modo extraño, como una curiosa y malsana enfermedad, aquella idea de abandono provocó en Sebastián una profunda tristeza que se propagó por todo su ser, apoderándose de todos y cada uno de sus sentidos, hasta tal punto que despertó a media noche envuelto en temblores y sudores helados, y sintió la extrema necesidad de salir de casa e ir en busca de sus zapatos viejos, recuperarlos a toda costa y pedirles disculpas, por deshacerse de ellos con total falta de gratitud.

Y así lo hizo, pero al doblar la esquina donde se hallaba aquella papelera metálica, vio que en su interior ya no estaba la bolsa, ni sus viejos zapatos.

* * *

- Vos estás loco, Sebastián. Personalizáis un objeto inanimado. Lo humanizáis y lloráis su abandono. Tan solo eran unos zapatos, unos za-pa-toooos. Viste. La concha de tu madre, Sebastián. Estás en- fer -mo.

Aquellas palabras, propinadas por su amigo, solo acrecentaron en él la sensación de la incomprensión del resto del mundo hacia sus creencias y sentimientos encontrados.

Había perdido a su mujer y a su esperado primer hijo. Habían pasado seis años, sus zapatos nuevos ahora eran viejos y estaban rotos, como aquellos que lanzó en aquella papelera metálica, aquellos que abandonó sin gratitud, aquellos zapatos que fueron el detonante de su amargura.

Sebastián admiraba su calzado, zapatos viejos y deteriorados,  por el paso del tiempo y el camino recorrido.



Fin



sábado, 2 de enero de 2016

Espíritu Navideño

Observo a través del cristal de la ventana, una escena familiar alrededor de un árbol decorado, decenas de regalos, sonrisas, besos y abrazos. El reflejo del rojo encendido de mis pupilas dilata el tiempo, escarcha el vidrio, detiene la felicidad en mi fuero interno y todo sabe a alquitrán en mi paladar.

También tuve una familia, recuerdo vagamente la presencia de unos padres.

- ¡No te traerán más que carbón los jodidos reyes magos!

Añoro lo que jamás viví, añoro el abrazo, la sonrisa y el regalo.

Añoro el saco de carbón, las alianzas y el olor a quemado.



Fin