lunes, 29 de junio de 2015

Marioneta "Introspección" PARTE II

Sumerjo la cuchara en la sopa de letras y tomo. En mi mente se crean las palabras que fluirán por los hilos que conectan al titiritero con la marioneta que suponen ser mis dedos. Bailarán y plasmarán el texto en tus ojos, eso es lo que espero. El resto puedo digerirlo, vomitarlo o dejar que siga su cauce hasta el sumidero.

Tan solo deseo que lo que llegue de mis entrañas a tu esfera de entendimiento, conocimiento o reflexivo fuero interno, dé como resultado una telepatía instantánea. No importa el género, si es agradable o terrorífico lo pintado sobre el lienzo.

Si es sincero, si cala en tu conciencia o deja huella en tu subconsciente de manera profunda o por puro entretenimiento. Si te alcanza, yo estaré más que contento.

Me has calado, necesito cierto reconocimiento. Soy ese niño que llega a casa con el álbum del colegio, ilusionado por que sus padres admiren su obra y sonrían con cariño a quien les muestra una parte de su "yo" más íntimo y personal. La fotografía de la creatividad de un ser bordado en costuras de sueños y realidades propias, cuestiones del ego o de la complicidad con sus lectores. Una partida de unión hacia el flujo de artes entre artistas. La marioneta al igual que se alimenta de lo que genera, bebe de la realización de los suyos. Vive para y por la comunidad de creadores.

Un teatro de personajes, que al igual que él, crean una función de lo extraordinario, el telón ha subido y el espectáculo debe continuar.

Os hablo de mi misión, de la vuestra, la nuestra y no reparo en ser conciso.

Estas son mis siguientes palabras. Siempre fueron las siguientes, desde el principio.



Continuará...


*Para leer "La Marioneta 2. Liberación" de María Campra pincha AQUÍ

*Para leer "Marioneta: La Liberación (Parte II)" de Julia C. pincha AQUÍ


viernes, 26 de junio de 2015

Marioneta "Introspección" PARTE I

Dicen que en la variedad está el gusto, y es gusto nuestro demostrarlo…

Sin planificarlo y casi sin querer surgió la idea del “juego literario” que leeréis a continuación. Es lo que pasa cuando personas con ganas de hacer cosas nuevas y afición por escribir se ponen a charlar y a reír, que salta la chispa de un reto y todos se embarcan. ¡Si nos ahogamos nos ahogamos, pero vamos a divertirnos!

Una idea y tres autores. Tres estilos diferentes de escribir para un género, el micro. Un solo hilo argumental desarrollado en tres versiones. Cada micro de cada autor con tres partes.

No es un trabalenguas ni un problema de matemáticas, es lo que María Campra Peláez, Edgar K. Yera y Julia C. hemos escrito.

¡Esperamos que os guste!

***

Soy los cinco dedos de la mano de un supuesto escritor, falanges esclavas de una mente que se nutre de las palabras que escribo. Aprendí a sostener la pluma cuando tan siquiera aún me mantenía en pie. La introducía en mi boca y  la empapaba en tibia saliva. Mis fauces melladas saboreaban el destino y ahora mis dientes sonríen inquietos cuando presienten un atisbo de tinta sobre el folio.

Soy un títere nacido de una zigótica imprenta. En mis manos hiladas yace el papel, ambos hermanos de celulosa. En el útero conífero nos nutrimos de la savia de nuestro árbol padre, enraizados en la madre tierra y programados para inmiscuirnos en ajenas vidas ficticias.

La regla es obedecer. No puedo negarme a la caprichosa voluntad de quien me da de comer musas para que las triture y las regurgite sobre el blanco. Lo plasmado es la recompensa, cuando tus ojos lo perciben. Son letras, es mi palabra, mi queja. Son mi angustia y mi alegría. Es el vocabulario impreso lo que me mantiene vivo. Si osara romper el pacto, el fuego sería mi destino.

El único modo de encontrar un sentido a mi existencia es aferrarme a lo que he descubierto ser y procurar que dé su fruto. Soy la marioneta, la semilla que uno siembra para el cultivo, tal vez algún día sea árbol y deje así mi testigo.

Os hablo de mi vida y de mi muerte, no reparo en ser conciso.

Estas son mis últimas palabras. Siempre fueron las últimas, desde el principio.



Continuará...


* Para leer "La Marioneta 1. Obediencia" de María Campra pincha AQUÍ.

*Para leer  "Marioneta: La liberación (Parte I)" de Julia C. pincha AQUÍ

domingo, 21 de junio de 2015

Familia

Abrió el grifo y el agua corrió hacía sus manos. Se le desprendieron las uñas de los dedos y la piel de la carne. La sangre se mezcló con el líquido transparente. Los huesos se deshicieron.

Todo se fue por el sumidero.

Alzó los muñones sangrantes y se miró el rostro en el espejo. No era el suyo. Eran los ojos de su mujer, las orejas de una de sus tres hijas, la nariz y los pómulos de las otras dos. El cabello era el de su suegro, las arrugas de su anciana madre y esos dientes, tampoco eran los suyos. Admiraba la sonrisa de su hermano.

Habían cesado los gritos en aquella casa. El silencio se había apoderado de las paredes, de cada habitación.

Las niñas no lloraban ni peleaban. Sara se abrazaba a su cuñado, ambos con los ojos cerrados. El abuelo no volvería a pronunciar palabra en contra de las perezas y las adicciones de Pablo. Su anciana madre no estaría una vez más preocupada por los delicados asuntos de su hijo. No lo juzgarían de nuevo.

Desaparecía frente al espejo, tras sus manos, el resto. Todo por el sumidero.

Su familia restaba en silencio en el comedor. Habían unido sus fuerzas.




Fin


lunes, 15 de junio de 2015

El Caserón 3

Boris, Elisabeth y Daniel se despidieron de Susan y Rose. Cada uno de ellos se subió en su coche.

En el instante en el que Boris iba a cerrar la puerta se oyó un gritó que provenía del otro lado del caserón, donde se encontraba la puerta de entrada, puerta que habían visto todos, estaba tapiada.

- ¡No os vayáis aún! - Gritó una misteriosa voz de mujer -.

La família Sullivan y las hermanas Ortiz se sobresaltaron.

- Esperad un momento, voy a ver. - Dijo Boris- .

Pasaron diez minutos y el señor Sullivan no regresaba.

Susan y Rose también esperaban, la curiosidad las mantuvo allí.

- ¿Chicas podéis vigilar a Daniel? - Preguntó Elisabeth a las hermanas, que permanecían en su cohe con ambas puertas entreabiertas- . Voy a ver porque tarda tanto en volver mi marido.

- Tranquila - Espetó Rose -. Yo iré a ver .

De nuevo pasó el tiempo, eternos minutos sin rastro de los que habían marchado.

Daniel se había dormido. Susan fue en busca de su hermana y de Boris.

Un rato después, Elisabeth se vio obligada a despertar a su hijo y ambos fueron tras los pasos de los demás.

A la mañana siguiente, la familia Torrens llegó al caserón. Aparcaron en el camino de tierra, tras el campanario. Era el único coche a la vista.

El caserón parecía un pequeño castillo, con un campanario, un pozo entre rejas y un cementerio particular.

Es un hermoso lugar, decenas de personas lo visitan cada día.



Fin

El Caserón 2

- Observa Rose, seguimos a ese coche desde el primer cruce. - Le dijo Susan a su hermana- .

Pararon en una estación de servicio a comprar tabaco y luego continuaron la marcha.

Aparcaron en un camino de tierra, tras el campanario, detrás del coche al que habían estado siguiendo un rato antes.

Susan intentaba abrir la llave de paso del pozo.

- ¡No va! - Exclamó un niño que permanecía quieto a su lado -.

- ¡Uy! Que susto me has dado. ¿Como te llamas, chico?

- Me llamo Daniel. Ese pozo da miedo, es muy oscuro.

- No temas pequeño, ahí abajo no hay nada, el miedo solo está en tu cabecita.

Elisabeth admiraba las lapidas del cementerio.

- Buenos días. - Dijo Rose- .

- Buenos días. - Respondió Elisabeth -.

Ambas admiraban los apellidos grabados de las familias qué, en aquel antiguo caserón, habían vivido y habían muerto.

Boris se asomó al pozo, luego su mujer. Ambos observaron la oscuridad.

- ¡Uuuuuh! ¡Que miedo! - Canturreó Boris con voz fantasmal- .

- Ja, ja, ja, ja... -Rió su mujer- .

Boris volteó el campanario, se topó con aquel lugar enzarzado, el camino estaba al otro lado, al sur de la torre. Allí se encontraban, el coche de ellos y el de las dos hermanas.

Aquel caserón parecía un pequeño castillo, con un campanario, un pozo entre rejas y un cementerio particular.

Era un lugar hermoso, cada día recibía decenas de visitas. Se respiraba calma, envuelto por un gran valle, cerca se podía oír un riachuelo de incesante murmullo.


Fin

El Caserón

- Ese coche nos sigue desde el primer cruce. -Susurró al volante - .

Boris conducía. Su mujer, Elisabeth, no dejaba de juguetear con el móvil en el asiento del copiloto. El pequeño Daniel dormía en el asiento de atrás.

El caserón parecía un pequeño castillo, con un campanario, un pozo entre rejas y un cementerio particular.

Daniel se asomó entre los barrotes del pozo. Había una escalera y un surtidor con una llave de paso.
Intentó alcanzarla y con sus dedos pudo abrirla, pero no había agua. Observó la oscuridad.

Elisabeth admiraba las lápidas del cementerio, los apellidos de las familias que habían vivido y habían muerto en aquel antiguo caserón.

- ¿Donde hemos aparcado, Eli? - Preguntó Boris a su mujer -.

- En el camino, tras el campanario. - Contestó ella -.

- Vengo de allí. No hay camino, no está nuestro coche. Todo son zarzas.

Boris se asomó al pozo, luego su mujer. Ambos observaron la oscuridad.

Susan aparcó tras el campanario, en el camino de tierra. Su hermana, Rose, bajó del coche.

- Echemos un vistazo. Esta casa es increíble, parece un pequeño castillo.

Susan se acercó al pozo. Metió un brazo entre los barrotes e intentó abrir la llave.

Rose admiraba las lápidas del cementerio, los apellidos de las familias que allí habían vivido y que allí habían muerto.



Fin


jueves, 11 de junio de 2015

La Maldición Locker

La mansión la heredará el único de mis hijos que tiene las manos limpias de sangre... Las manos limpias de sangre... Manos... Limpias... De sangre...

Aquella última instancia resonaba en incesante bucle, mezclándose una palabra con otra, hasta crear un torbellino de indescifrable galimatías en la mente de Rose.

El sudor frío y un estado de hipertensión se adueñaron de la mujer de felina figura, envolviéndola en una atmósfera de inquietud y terrible malestar. Una invasión de angustia se aferraba a sus frágiles huesos y reptaba por su cuerpo, abrazándose a su mísera alma.

Probó de abrir su bolso Versace de cuero negro con sus temblorosos dedos. Una uña escarlata se quebró en el primer intento, pero ella no sintió nada. Tras conseguirlo, introdujo sus manos para alcanzar un pañuelo con el que secar de su frente aquella hedionda exudación que emanaba cierta fragancia a sospecha.

Pero no hallaron pañuelo alguno sus manos. Se hundieron en el bolso bañándose por completo.

Remojo tibio y denso. Las sacó de inmediato y las observó, estaban empapadas de sangre caliente y latente. Sus ojos ojipláticos se tornaron blancos y sus párpados cayeron como el telón del final de la peor de las representaciones teatrales de la historia.

Unos gritos desgarradores, pidiendo auxilio y clemencia, provenían del cielo con el eco del infierno.

Rose alzó la mirada.

Como una gigantesca crisálida, amalgama hecha de pedazos de cuerpos humanos. Tres cadáveres putrefactos. Tres hombres supurando el mal de sus muertes. Atados por el cuello de uno de ellos a una familiar soga de cuerda de amarre. El primer marido de Rose, el magnate marinero.
El segundo esposo, descuartizado por cientos de tajos propinados por cientos de cristales. El volante incrustado en la mandíbula inferior.Y el tercer cuerpo. Regurgitando borbotones de espesa espuma blanca por la boca, vomitando pedazos de pastillas y alcohol.
Una cascada de pesadillesco flujo bermellón, amarillento orín y grisáceo espumarajo.

La horrorizada Rose por fin alcanzaba el pañuelo con el que secar su frente.

- ¡Mamá! ¡Mamá!

- Eh...

- ¿Estás bien, mamá?

- Sí, si, Robert. Perfectamente.

El Sr. Worsworth restaba impaciente, con ambas manos apoyadas y agarradas al atril, desde donde había anunciado los últimos deseos del difunto, Monseñor y Barón, Don Gerald Locker de Chatternau. Santo devoto de la catedral Chatternau de nueva Escocia, hijo primogenito de los Condes Lockers de Canterbaury, marido de Lady Frida de Pomposerniaure y padre de varias ratas y un cordero degollado.

Una de las familias Españoanglofrancesas de más renombre por aquellos lares, por sus distinguidos títulos novelescos y por aquel hedor atmosférico de terribles secretos que emanaba por cada uno de los ventanales de aquella tétrica y extremadamente fastuosa mansión.

Con mirada inquisitiva, el notario, como otro mueble de aquella habitación, de aspecto antiguo y de visible decadencia humana.

- El Barón Locker concluyó sus voluntades con esta nota. "Cada uno de mis hijos, deberá pasar por el atril, desde donde tantas veces encabecé nuestras reuniones familiares..."

- ¡Monólogos patriarcales! - Vociferó, John -.

- " ... Y hablar. Su sola presencia será debidamente juzgada, sus manos resplandecerán ante los presentes, limpias o ensangrentadas. Uno de ellos, será el nuevo dueño de la casa de los Lockers de Chatternau".

- Aparta viejo. - John saltó de su asiento, empujó sutilmente al señor Worsworth y ocupó su lugar en
el atril- . Esto es una soberana estupidez, acabemos rápido con este último insulto de nuestro padre.

Las luces se apagaron, los ventanales se cerraron. Una helada ventisca envolvió a los presentes y una fluorescente figura de ojos brillantes iluminó la sala. El fantasma del joven  Andrew, con voz ronca de ultratumba, amenazó a sus hermanos.

- ¡No hay escondite posible! ¿Recordáis aquel, vuestro cruel juego? ¡Mi turno ha llegado!

Andrew, el fantasma de Andrew, ojos brillantes inyectados en maldad.

El mayordomo, el Sr. Kingston se dirigió al gabinete azul y salvaguardó así su cobarde trasero, echó la llave y meditó... " Dios, ten piedad de esta familia, perdona sus pecados, no dejes que nada ni nadie los dañe, por favor... Sobretodo a mi pequeño, el señorito John..."

Una fantasmagórica ventisca abrió las puertas del Salón Bohemia, así llamado, no porque allí sonara continuamente el Bohemian Rhapsody de Queen durante las veinticuatro horas del día, si no porque albergaba una notable colección de exquisitas piezas fabricadas con dicho cristal, evidentemente.

Todos los allí presentes fueron arrastrados al Salón contiguo, empujados por el poderoso viento helado del más allá. 

John agarrado al atril, ambos voltereteaban por el suelo, golpeándose los huesos. Rose apretando con fuerza su Versace de cuero negro. Robert aferrado a la pierna de su madre. La mujer de John y sus gemelas, las tres cogidas de las manos, también se vieron conducidas por la incesante ráfaga al interior de la sala de los mil cristales tallados. Por último, Thomas, ojos de jade y su mamá, abrazados y con los pies por delante. 

Todos acabaron en círculo, desparramados por el parquet, maltrechos y retorcidos de dolor, por los innumerables golpes sufridos con los muebles y los cantos de las puertas, con las uñas resquebrajadas por arañar el suelo y las paredes. 

El fantasma de Andrew sobrevolaba sus cabezas, alzó los brazos, como director de orquesta y comenzó a aplaudir con fuerza, creando un tornado en el centro del Salón Bohemia.

Las piezas de aquel museo se volatilizaron creando un gran estruendo, el polvo de cristal se arremolinó y atacó con saña a todos los familiares.

Las cavernosas risotadas de Andrew abarcaban el lugar, una pesadillesca banda sonora de diabólica festividad ante aquel grotesco escenario. Los cortes se contaban por miles, las ropas descosidas, la carne trinchada, un lago de sangre bajo los pies.

- Ja, ja, ja, ja, ja - Reía el atormentador espíritu - ¡Todos! ¡Todos tenéis las manos manchadas de sangre! ¡Yo soy el dueño de la mansión. ¡Yo soy el único heredero!

Aquellos infelices se observaban las manos ensangrentadas, los gritos y los alaridos se confundían con los silbidos del macabro espectro, cada carcajada propinada por aquel ser de malévola luz del averno era un estridente pitido en los oídos de los allí presentes, todos sentían que pronto reventarían sus tímpanos y bañarían los cuadros de las paredes con sus propios sesos.

Pero, de repente, el fantasma de Andrew desapareció junto a la ventisca y el torbellino de cristal. En un instante todo se sumió en un oscuro y perturbador silencio.

La luz de un foco, procedente del techo del Salón, iluminó a las gemelas, Katya y Griselda, ambas empezaron a palmear sus manos, a jugar al "Cartero respondón".

- Uno, dos, llaman a la puerta - Comenzó, Katya -.

- Tres, cuatro, es el cartero - Prosiguió, Griselda -.

- Cinco, seis, mamá lo manda a la mierda...

- Siete, ocho, el cartero respondón... Vierte gasolina... Enciende una cerilla...

Los ventanales del Salón explotaron, haciendo añicos los cristales y grandes bolas de fuego alcanzaron a las dos pequeñas que empezaron a arder, sus carnes chamuscadas, ese olor a barbacoa inundó la sala y los estremecedores chillidos de las niñas resonaron agudos como el cántico de un cerdo en San Martín, aún así seguían canturreando aquella enfermiza canción del "Cartero 
Respondón" entre grito y alarido.

- Nueve, diez, nos quemamos vivas. - Continuó, Katya- .

- Once y doce, recoge mamá nuestras cenizas. - Concluyó, Griselda- .

Al momento, un montón de polvo gris y restos de brasas aún encendidas, creaban un pequeño cúmulo de muerte junto a trozos de huesos y telas floreadas.

John y su esposa, Marilyn, se echaron al suelo y con las manos bañadas en sangre se restregaron las cenizas por sus rostros llorosos.

- ¡Nuestras niñas! ¡Nuestras pequeñas niñas! - Balbucearon al unísono- .

El suelo crujió y se formó una gran grieta, por ella asomaba luz y oscuridad, sombra y resplandor.

El antiguo reloj de la biblioteca se descolgó de la pared y con un danzarín vaivén orbitó hacia el Salón Bohemia, hasta quedar suspendido en el centro, sobre las cabezas de los que aún restaban vivos.

Una ensordecedora campanada marcó la una del mediodía. Luego, las manecillas empezaron a retroceder a una velocidad vertiginosa. Volteaban sin cesar. A través de los ventanales rotos, los allí presentes observaron como el tiempo también daba marcha atrás. El día se hizo noche en un santiamén. Las nubes grises se acumularon en la inmensa nocturnidad, dejando entrever una enorme y brillante luna llena. Blanca luna, como el rostro de los familiares.

El reloj se detuvo a las doce en punto. Doce aterradoras campanadas se hicieron dueñas de los oídos de los presentes... La hora de los demonios, la hora de las brujas, la hora espectral.

El fantasma de Andrew regresó acompañado por dos entes más, el de la difunta madre, Lady Frida de Pomposerniaure y el del propio Barón, Don Gerald Locker de Chaternau.

El espíritu del Barón encabezaba el espectral trío. Ojos brillantes y amenazadores rostros. Malévolas sonrisas babeando cantidades infestas de burbujeante ectoplasma.

El primogénito asesinado, el segundo, allí a su lado, ambos frutos del incesto consumado con su propio padre. Una auténtica barbarie...

A un metro de la coronilla de una lánguida Rose, arañada por el polvo cristalino del atroz remolino, vestida por un manto rojo infierno, aferrada a su bolso de cuero negro, su padre giraba incesante maldiciéndola por la muerte de su primogénito.

- Rose, tus manos huelen a muerte, a sangre inocente. Tus maridos y nuestro primer hijo. Eres la peor hija que un padre pueda tener... ¡Alza tu mirada!... ¡Prepárate para lo peor! -.

La figura felina se estremeció, su espalda se curvó como la de un gato ante las fauces de un gigantesco licántropo hambriento. Rose alzó su mirada y su boca se abrió para soltar un último alarido.

El fantasma de Gerald se deshizo. El ectoplasma fantasmal cayó como una vengativa cascada sobre su hija. Inundó su garganta, hinchó sus pulmones, engordó su vientre como un horrible embarazo salido de cuentas. Aquel flujo espectral supuró por los ojos de Rose, lágrimas del más allá, llanto desconsolado de una madre asesina, de una esposa asesina, de una mujer sentenciada.

El peso de la justicia y el odio se vertió por todos y cada uno de los orificios de Rose. Un mar de enfermiza liberación empapó su esbelto cuerpo. Tras el incesante derrame ectoplasmático, solo quedaron huesos mojados... Sin un ápice de belleza carnal.

El Barón Locker agarró el espíritu conmocionado de su hija y por una grieta, en el suelo del Salón Bohemia, entre las llamas que se dejaban entrever, la llevó consigo. Al estómago del abrasador averno. Robert saltó al agujero tras su madre, lo único que llegó allí abajo fue un muñeco de carbón. Su alma quedó atrapada en el fuego.

Allí permanecieron juntos, consumiendo su familiar reencuentro, por toda una insufrible eternidad.

Llegó el turno de John.

La extraña muerte de su madre en la bañera. Asesino pasivo de su enferma madre.

- Mi hijo, mi querido hijo. Tus manos están tatuadas con el hedor de la maldad. Dejar morir así a tu pobre madre. Me ahogué en la bañera, podías oír como pedía auxilio. Tú, al otro lado de la puerta, pude oler como gozabas con mi terror, con mi cruel destino. Asesino no es tan solo quien apuñala, también lo es quien deja que el puñal se clave por si solo y no hace nada por evitarlo. Pero tranquilo, hoy he venido aquí a liberarte del peso de tu conciencia.

Lady Frida se contoneaba como una cortina al viento, su espectral figura se arremolinó, al concluir su alegato, alrededor del cuerpo de su hijo.

John se asfixiaba, intentaba pedir auxilio inútilmente, no podía abrir la boca, su nariz estaba totalmente tapada, sus parpados enganchados a sus ojos. Atrapado. Envuelto por el ánima de su madre, como un fiambre embalado en film. Su aliento incrustado en el alma materna, una última bocanada antes de pedir perdón, la única palabra que se pudo oír en la sala. Antes de fallecer.

Ambos espíritus, madre e hijo, marcharon por la grieta. A las tinieblas, junto al resto de la familia.

Allí quedaron, en el centro de la sala, la Sra. Morse y su hijo, Thomas. Abrazados. Rozando sus múltiples heridas con las ropas desgarradas.

Tanto la madre como el joven se habían beneficiado de los asesinatos cometidos por este último, a lo largo de sus míseras vidas.

El fantasma de Andrew alzó su mano, con ese aire de director de orquesta. El atril voló sobre sus cabezas y lo dejó caer con terrible fuerza sobre ambos.

Sus cráneos se partieron como dos cocos con un martillo. El zumo de fruta tropical se deslizó por sus frentes, jugo de fresas silvestres, sangre cerebral. Dos esferas de jade rodaron hasta caer por el abismo al que conducía el portal de la grieta en el suelo. Los ojos de Thomas. Él sería testigo de lo que allí ocurriera, por siempre jamás.

Andrew hizo un último gesto, agachó su fantasmagórico rostro, dando por finalizada la gran actuación. Se oyeron aplausos, venidos del mismísimo infierno que restaba bajo la gran mansión.

Se agrietaron las paredes, el techo del caserón se derrumbó. Cada trozo de piedra, cada objeto de aquel hogar quedó destruido. Todo se introdujo por la abertura del suelo, cada pedazo de aquella enorme casa sería herencia del diablo.

Él, encantado por el espectáculo de aquella familia maldita, ahora había llegado su turno, podría abrasar sus almas por siempre jamás. Él y su ayudante habían disfrutado del linaje durante cada una de sus apariciones. Ahora, el señor Worsworth podría continuar gozando eternamente del terror en su hogar, en las profundidades de su particular paraíso del castigo.

El mayordomo, el Sr. Kingston, observaba a lo lejos. Una lágrima cayó de su mejilla, impactando sobre sus brillantes zapatos. Su mundo, su vida, su mansión, todo lo que le importaba se había esfumado junto a su único y verdadero amor, el joven John.

El terreno quedó desolado, la hendidura se cerraba poco a poco. Justo antes de que el fantasma de un bebé, surgido del cielo, se colara por el resquicio final. El primogénito de Rose y el Barón.

Aquella alma en pena, a pesar de todo, quería abrazar de nuevo a su madre, a sus tíos y a su padre y abuelo. Deseaba permanecer junto a su familia.

Era un alma inocente, pero aún así... Era un Locker.


Fin



Detalles Insignificantes

Rodó el tambor y lo colocó en su lugar, abrió el martillo con el pulgar y su dedo índice empezó a apretar el gatillo.

- Ni se te ocurra tocar tu reloj, Dick.

A sus treinta y dos años, Dick Fallen, era el agente más joven y más condecorado de la brigada de "Past Solutions".

- Dispones de diez minutos de retroceso sobre la escena, el objeto de cambio es esta carta de póker. A jugar, vaquero.

Fallen activó el reloj y retrocedió un par de años.

Ante los ojos de Dick se mostraron los acontecimientos, los personajes, la causa y el objetivo.

En la terraza de un bar, un posible observador. Con sombrero y  el rostro oculto tras un periódico, no parecía un problema de intromisión. Dos mujeres charlando en la acera perpendicular al punto de impacto. Una mecía un cochecito de bebé y la otra le mostraba un catálogo de joyería.

Entró en escena el objetivo. Una pequeña de cabello rubio, ojos negros. Se dirigía al cruce, con paso saltarín, tatareando una canción infantil. A dos metros del punto de impacto.

La causa dobló la esquina, las dos mujeres desaparecieron del campo de visión de Dick.

La niña cruzó la calle.

La causa, un camión de transporte, la arrolló de inmediato. Un insano crujido mortal resonó en los tímpanos de Fallen.

- Está bien -. Respiró profundamente- . Diez minutos.

Dick activó de nuevo el reloj.

Un hombre tras un diario. Dos mujeres charlando, distraídas. Seis pasos. Una pequeña cantarina.

Fallen dejó caer la carta al séptimo paso.

La pequeña vio un as de corazones a sus pies y se agachó para recoger aquella carta.

El camión pasó de largo, la niña cruzó la calle y Dick pulsó por tercera vez el dispositivo de su reloj, para regresar a su despacho.

- ¿Quien eres? - Preguntó Dick a la mujer que amenazaba con matarle -.

Ella introdujo su mano en el bolsillo y sacó una carta. Un as de corazones que lanzó a los pies de un agente jubilado que conservaba dos cosas de su trabajo, el reloj de empresa y su memoria fotográfica.

Fallen dejó caer aquella carta en su séptimo paso, el hombre que restaba sentado en aquella terraza se puso en pie, dejó el periódico sobre la mesa y dio tres pasos. Agarró la carta y la guardó en el bolsillo de su pantalón.

La pequeña llegó al punto de impacto en el que la causa, un camión de transporte, la arrolló de inmediato.

Dick se acercó a Dick.

- No me des las gracias, estás despedido.


Fin

viernes, 5 de junio de 2015

En Desacuerdo "Capítulo Sexto"

CAPÍTULO VI

Está bien, Julia. Me quito el sombrero, chapeau. Un final brillante. Después de leer la conclusión de tu versión del relato, debo decir qué... Sí, quizás debí seguir el hilo narrativo de tu propuesta. Sin embargo, este ejercicio de escritura a dos manos ha resultado ser un "Desacuerdo" tanto para los personajes de nuestra historia como para nosotros, una experiencia inolvidable. Todo esto sin habérnoslo propuesto (Jajajajaja). 

... Así finalizó la trama de lo que ocurrió en la Mansión Locker, según mi macabra imaginación...

El suelo crujió y se formó una gran grieta, por ella asomaba luz y oscuridad, sombra y resplandor.

El antiguo reloj de la biblioteca se descolgó de la pared y con un danzarín vaivén orbitó hacia el Salón Bohemia, hasta quedar suspendido en el centro, sobre las cabezas de los que aún restaban vivos.

Una ensordecedora campanada marcó la una del mediodía. Luego, las manecillas empezaron a retroceder a una velocidad vertiginosa. Volteaban sin cesar. A través de los ventanales rotos, los allí presentes observaron como el tiempo también daba marcha atrás. El día se hizo noche en un santiamén. Las nubes grises se acumularon en la inmensa nocturnidad, dejando entrever una enorme y brillante luna llena. Blanca luna, como el rostro de los familiares.

El reloj se detuvo a las doce en punto. Doce aterradoras campanadas se hicieron dueñas de los oídos de los presentes... La hora de los demonios, la hora de las brujas, la hora espectral.

El fantasma de Andrew regresó acompañado por dos entes más, el de la difunta madre, Lady Frida de Pomposerniaure y el del propio Barón, Don Gerald Locker de Chaternau.

El espíritu del Barón encabezaba el espectral trío. Ojos brillantes y amenazadores rostros. Malévolas sonrisas babeando cantidades infestas de burbujeante ectoplasma.

Todo lo que dijiste sobre Rose, sobre sus hijos, el primogénito asesinado, el segundo, allí a su lado, ambos frutos del incesto consumado con su propio padre. Todo es cierto, Julia. Una auténtica barbarie...

A un metro de la coronilla de una lánguida Rose, arañada por el polvo cristalino del atroz remolino, vestida por un manto rojo infierno, aferrada a su bolso de cuero negro, su padre giraba incesante maldiciéndola por la muerte de su primogénito.

- Rose, tus manos huelen a muerte, a sangre inocente. Tus maridos y nuestro primer hijo. Eres la peor hija que un padre pueda tener... ¡Alza tu mirada!... ¡Prepárate para lo peor! -.

La figura felina se estremeció, su espalda se curvó como la de un gato ante las fauces de un gigantesco licántropo hambriento. Rose alzó su mirada y su boca se abrió para soltar un último alarido.

El fantasma de Gerald se deshizo. El ectoplasma fantasmal cayó como una vengativa cascada sobre su hija. Inundó su garganta, hinchó sus pulmones, engordó su vientre como un horrible embarazo salido de cuentas. Aquel flujo espectral supuró por los ojos de Rose, lágrimas del más allá, llanto desconsolado de una madre asesina, de una esposa asesina, de una mujer sentenciada.

El peso de la justicia y el odio se vertió por todos y cada uno de los orificios de Rose. Un mar de enfermiza liberación empapó su esbelto cuerpo. Tras el incesante derrame ectoplasmático, solo quedaron huesos mojados... Sin un ápice de belleza carnal.

El Barón Locker agarró el espíritu conmocionado de su hija y por una grieta, en el suelo del Salón Bohemia, entre las llamas que se dejaban entrever, la llevó consigo. Al estómago del abrasador averno. Robert saltó al agujero tras su madre, lo único que llegó allí abajo fue un muñeco de carbón. Su alma quedó atrapada en el fuego.

Allí permanecieron juntos, consumiendo su familiar reencuentro, por toda una insufrible eternidad.

Llegó el turno de John.

La extraña muerte de su madre en la bañera. Asesino pasivo de su enferma madre. Todo es cierto, querida Julia.

- Mi hijo, mi querido hijo. Tus manos están tatuadas con el hedor de la maldad. Dejar morir así a tu pobre madre. Me ahogué en la bañera, podías oír como pedía auxilio. Tú, al otro lado de la puerta, pude oler como gozabas con mi terror, con mi cruel destino. Asesino no es tan solo quien apuñala, también lo es quien deja que el puñal se clave por si solo y no hace nada por evitarlo. Pero tranquilo, hoy he venido aquí a liberarte del peso de tu conciencia.

Lady Frida se contoneaba como una cortina al viento, su espectral figura se arremolinó, al concluir su alegato, alrededor del cuerpo de su hijo.

John se asfixiaba, intentaba pedir auxilio inútilmente, no podía abrir la boca, su nariz estaba totalmente tapada, sus parpados enganchados a sus ojos. Atrapado. Envuelto por el ánima de su madre, como un fiambre embalado en film. Su aliento incrustado en el alma materna, una última bocanada antes de pedir perdón, la única palabra que se pudo oír en la sala. Antes de fallecer.

Ambos espíritus, madre e hijo, marcharon por la grieta. A las tinieblas, junto al resto de la familia.

Allí quedaron, en el centro de la sala, la Sra. Morse y su hijo, Thomas. Abrazados. Rozando sus múltiples heridas con las ropas desgarradas.

Tanto la madre como el joven se habían beneficiado de los asesinatos cometidos por este último, a lo largo de sus míseras vidas.

El fantasma de Andrew alzó su mano, con ese aire de director de orquesta. El atril voló sobre sus cabezas y lo dejó caer con terrible fuerza sobre ambos.

Sus cráneos se partieron como dos cocos con un martillo. El zumo de fruta tropical se deslizó por sus frentes, jugo de fresas silvestres, sangre cerebral. Dos esferas de jade rodaron hasta caer por el abismo al que conducía el portal de la grieta en el suelo. Los ojos de Thomas. Él sería testigo de lo que allí ocurriera, por siempre jamás.

Andrew hizo un último gesto, agachó su fantasmagórico rostro, dando por finalizada la gran actuación. Se oyeron aplausos, venidos del mismísimo infierno que restaba bajo la gran mansión.

Se agrietaron las paredes, el techo del caserón se derrumbó. Cada trozo de piedra, cada objeto de aquel hogar quedó destruido. Todo se introdujo por la abertura del suelo, cada pedazo de aquella enorme casa sería herencia del diablo.

Él, encantado por el espectáculo de aquella familia maldita, ahora había llegado su turno, podría abrasar sus almas por siempre jamás. Él y su ayudante habían disfrutado del linaje durante cada una de sus apariciones. Ahora, el señor Worsworth podría continuar gozando eternamente del terror en su hogar, en las profundidades de su particular paraíso del castigo.

El mayordomo, el Sr. Kingston, observaba a lo lejos. Una lágrima cayó de su mejilla, impactando sobre sus brillantes zapatos. Su mundo, su vida, su mansión, todo lo que le importaba se había esfumado junto a su único y verdadero amor, el joven John.

El terreno quedó desolado, la hendidura se cerraba poco a poco. Justo antes de que el fantasma de un bebé, surgido del cielo, se colara por el resquicio final. El primogénito de Rose y el Barón.

Aquella alma en pena, a pesar de todo, quería abrazar de nuevo a su madre, a sus tíos y a su padre y abuelo. Deseaba permanecer junto a su familia.

Era un alma inocente, pero aún así... Era un Locker.





Fin

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martes, 2 de junio de 2015

En Desacuerdo "Capítulo Cuarto"

CAPÍTULO IV

¿Indefectiblemente? Otra vez me haces coger el diccionario... ¡Ay! Mi querida compañera.

¡Julia! ¡Pero qué! Lo único que he hecho ha sido darle fuerza a la trama, es un claro incentivo el cambio de registro, he añadido un poco de chicha ¡Vamos!...

Sí, dijiste "ventajosos divorcios" no "ventajosos enviudamientos", pero... ¿Que quieres que te diga?
Algo así no lo tendría en cuenta el lector. Es un arreglo que le da intensidad a la historia. 


No voy a seguir por donde lo has dejado, no. Continuaré el hilo por donde lo dejé yo, creo que es lo más sensato.

¿Incorregible yo? Pues bien que has corregido todo lo que he escrito.

Pero, tranquilos estimados lectores, ahora sabréis lo que realmente ocurrió en la Mansión Locker.


Andrew, el fantasma de Andrew, ojos brillantes inyectados en maldad.

El mayordomo, el Sr. Kingston se dirigió al gabinete azul y salvaguardó así su cobarde trasero, echó la llave y meditó... " Dios, ten piedad de esta familia, perdona sus pecados, no dejes que nada ni nadie los dañe, por favor... Sobretodo a mi pequeño, el señorito John..."

Una fantasmagórica ventisca abrió las puertas del Salón Bohemia, así llamado, no porque allí sonara continuamente el Bohemian Rhapsody de Queen durante las veinticuatro horas del día, si no porque albergaba una notable colección de exquisitas piezas fabricadas con dicho cristal, evidentemente.

Todos los allí presentes fueron arrastrados al Salón contiguo, empujados por el poderoso viento helado del más allá. 

John agarrado al atril, ambos voltereteaban por el suelo, golpeándose los huesos. Rose apretando con fuerza su Versace de cuero negro. Robert aferrado a la pierna de su madre. La mujer de John y sus gemelas, las tres cogidas de las manos, también se vieron conducidas por la incesante ráfaga al interior de la sala de los mil cristales tallados. Por último, Thomas, ojos de jade y su mamá, abrazados y con los pies por delante. 

Todos acabaron en círculo, desparramados por el parquet, maltrechos y retorcidos de dolor, por los innumerables golpes sufridos con los muebles y los cantos de las puertas, con las uñas resquebrajadas por arañar el suelo y las paredes. 

El fantasma de Andrew sobrevolaba sus cabezas, alzó los brazos, como director de orquesta y comenzó a aplaudir con fuerza, creando un tornado en el centro del Salón Bohemia.

Las piezas de aquel museo se volatilizaron creando un gran estruendo, el polvo de cristal se arremolinó y atacó con saña a todos los familiares.

Las cavernosas risotadas de Andrew abarcaban el lugar, una pesadillesca banda sonora de diabólica festividad ante aquel grotesco escenario. Los cortes se contaban por miles, las ropas descosidas, la carne trinchada, un lago de sangre bajo los pies.

- Ja, ja, ja, ja, ja - Reía el atormentador espíritu - ¡Todos! ¡Todos tenéis las manos manchadas de sangre! ¡Yo soy el dueño de la mansión. ¡Yo soy el único heredero!

Aquellos infelices se observaban las manos ensangrentadas, los gritos y los alaridos se confundían con los silbidos del macabro espectro, cada carcajada propinada por aquel ser de malévola luz del averno era un estridente pitido en los oídos de los allí presentes, todos sentían que pronto reventarían sus tímpanos y bañarían los cuadros de las paredes con sus propios sesos.

Pero, de repente, el fantasma de Andrew desapareció junto a la ventisca y el torbellino de cristal. En un instante todo se sumió en un oscuro y perturbador silencio.

La luz de un foco, procedente del techo del Salón, iluminó a las gemelas, Katya y Griselda, ambas empezaron a palmear sus manos, a jugar al "Cartero respondón".

- Uno, dos, llaman a la puerta - Comenzó, Katya -.

- Tres, cuatro, es el cartero - Prosiguió, Griselda -.

- Cinco, seis, mamá lo manda a la mierda...

- Siete, ocho, el cartero respondón... Vierte gasolina... Enciende una cerilla...

Los ventanales del Salón explotaron, haciendo añicos los cristales y grandes bolas de fuego alcanzaron a las dos pequeñas que empezaron a arder, sus carnes chamuscadas, ese olor a barbacoa inundó la sala y los estremecedores chillidos de las niñas resonaron agudos como el cántico de un cerdo en San Martín, aún así seguían canturreando aquella enfermiza canción del "Cartero 
Respondón" entre grito y alarido.

- Nueve, diez, nos quemamos vivas. - Continuó, Katya- .

- Once y doce, recoge mamá nuestras cenizas. - Concluyó, Griselda- .

Al momento, un montón de polvo gris y restos de brasas aún encendidas, creaban un pequeño cúmulo de muerte junto a trozos de huesos y telas floreadas.

John y su esposa, Marilyn, se echaron al suelo y con las manos bañadas en sangre se restregaron las cenizas por sus rostros llorosos.

- ¡Nuestras niñas! ¡Nuestras pequeñas niñas! - Balbucearon al unísono- .

¡Ah! Perdón, Julia... ¿Que no eran tan niñas? ¿Dos adolescentes que lamentablemente seguían los adictivos pasos de cirugía y quirúrgica estética de su madre? Sí, es cierto..

Entre las cenizas, los huesos y la tela floreada, fluía un humo espeso con aroma a silicona y botox, era realmente apestoso.





Continuará...

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