miércoles, 29 de julio de 2015

Misofobia

- Doctor, el paciente está listo.

Envuelto en film transparente para embalar, como un pedazo de carne embutida. Guantes de látex, máscara de gas y botas de montaña de gore tex. Julio Ortega paseaba por las ramblas de la gran ciudad.

Sonó el despertador a las seis treinta y dio un salto de la cama.

El motor de su auto había muerto, misteriosamente. Sin dinero en efectivo para un taxi, sacó un billete de metro con su tarjeta de crédito.

Entre un obeso que emanaba hedor a caliqueño y carajillo de anís y una anciana con halitosis y sudores en la espesura de su vello axilar, Ortega arqueaba.

Julio entró en el vestuario.

Agarró la pastilla de jabón. Mientras el agua caía sobre sus espumosas manos, la pastilla se tornaba negra, el agua se oscurecía, la pica se teñía de una negrura inclasificable, todo el entorno se volvió sombrío y el color de la mugre se adueñó de las córneas de Julio.

Operó con cautela, el paciente no debía correr peligro, la misofobia del Doctor Ortega podía contaminar, a corazón abierto, el alma de otra posible víctima.

Envuelto en film, en la hora más oscura, Julio Ortega paseaba, bisturí en mano.

- Operemos.


Fin


jueves, 23 de julio de 2015

Buen Provecho

Tres bandejas... Un primero, un segundo y el postre.

Como entrante, una rica sopa fría. Como un gazpacho veraniego, para combatir el calor.

250 gr. de fatiga.

300 gr. de depresión.

6 cucharadas de locura.

Una pizca de perversión.

De segundo, un delicioso pastel de carne, lo he picado todo, bien triturado.

Y de postre... Sentiré de nuevo el palpitar en mi paladar. Mis papilas gustativas gozarán con los pequeños corazones que un día nos llenaron el alma... Hoy llenarán mi estómago.

Mi mujer, que en paz descanse, en su lecho de muerte me pidió una cosa y me obsequió con un buen consejo; "Procura que nuestros hijos sean felices y saborea cada instante, la vida es corta". Lo primero no lo estaba logrando, así qué, pondré punto final a mi fracaso como padre y seguiré a rajatabla lo segundo.

39 kg. de carne.

3 litros de sangre.

Como reza el dicho; "De pequeños te los comerías, luego te arrepientes de no haberlo hecho".

Yo no experimentaré tal arrepentimiento.



Fin

sábado, 18 de julio de 2015

La Isla y Yo "Capítulo XIV" (Propósito y Proyección)

He perdido la noción del tiempo, enclaustrado en mi cueva, junto a los duendes y los demonios susurrantes.

Dejé de grabar los días en aquella roca. Gozaba de compañía tras aquella soledad que disfrutaba y se tornó terrible. Teníamos un propósito y olvidamos dejar constancia del paso del tiempo.

La temperatura ha descendido considerablemente. Creo que hace mucho que acabó el verano, incluso diría que ya he vencido el otoño y me encuentro a mediados del invierno.

Ni rastro de Doce. La isla es inmensa.

La balsa está oculta y protegida bajo la tela de su vela, en lo más profundo de mi hogar. Al igual que su tocaya en mi memoria. Mi loca e histérica Eva.

Mi esqueleto deambula por la selva, cubierto por una fina mortaja blanquecina y morada.

Empuño a "Abrelatas", mi navaja... ¿Suiza, Griega?... ¿A caso importa? Es mi salvadora.

Mi cabello es media melena de gruesas rastas, mis barbas son nido de ácaros y en esta tierra, os lo aseguro, no son seres microscópicos, puedo sentirlos corretear entre los pelos. Mis uñas albergan muerte negra, la misma que ha despojado la luz de mi mirada y la ha arrojado a un abismo del que no logro emerger. Hace mucho que tan siquiera lo intento.

Entre mis pertenencias, conservo el botiquín que encontré entre los restos del crucero.

Observo mi rostro, por partes, en un pequeño espejo circular, mis pupilas reflejadas y no hallo signos de alma tras ellas.

El espejito me sirve para encender hogueras, mantengo viva la llama, soy un Prometeo enfermo que busca una razón para no echarse al agua y nadar hasta decir basta y hundirse irremediablemente en el mar. Eso sería una liberación. Estas son la clase de ideas que vienen a mi mente mientras el candor del fuego resplandece en mi rostro.

Yo, López. Escritor ermitaño, morí el día que murió ella. Mi vida, mi amor, mi Eva.

Voy a ver la balsa, la Eva de troncos, mástil y vela... No está.

Paseo confuso hacia la orilla, he decidido naufragar de veras. Despojar a mi cuerpo de esta débil energía que lo habita.

Doce me espera junto a la balsa reconstruida y provista de víveres y de mis pertenencias.

Señala la isla que hay a diez millas y reproduce dos gestos que reconozco en seguida. Su dedo índice apunta al suelo, lo agita, arriba y abajo y luego asiente con la cabeza.

Fuera cual fuera el peligro del que me advirtió, parece haberse disipado con el tiempo estival, ha caído con las hojas caducas del otoño y se lo ha llevado el frescor del invierno.

Doce desea que pongamos rumbo al reino de Lop. Me mira a los ojos y la ilusión regresa a ellos.

Doce me observa y gesticula otra vez...

Ahora, sí.

He arrastrado la balsa a la orilla junto a un propósito y he proyectado a Doce de nuevo, el reflejo de mi alma silenciosa y marchita.

Recuerdo la fiebre y las visiones, cuando peleaba conmigo mismo en esta misma orilla, cuando herí levemente mi cuerpo y profundamente mi esencia.

Dejo atrás al viejo López, al ermitaño enamorado de un pasado vencido. Agarrado con una mano al mástil y empuñando con la otra a "Abrelatas".

A medio camino entre las dos islas admiro el ondear de la bandera, un vestido rojo desgarrado y descolorido por el tiempo, tiempo del que perdí la noción.

Yo soy Lop, soy "Doce"... El título de la novela que deseaba escribir en este crucero qué, para bien o para mal, se ha convertido en mi nueva vida.

Hundo la navaja atada a un largo palo y ensarto un gran pez, lo acerco a mi rostro, lo miro a los ojos y le digo... ¡Dunga, dunga!... Justo antes de clavar mis fauces en su salada carne.

Trago y exclamo al inmenso cielo:

¡Sí sobrecargo, ahora mismo me pongo a cubierto! ¡En cinco minutos!



jueves, 16 de julio de 2015

Decisión del Alma

Benjamín restaba sentado al lado de su amada, de su cuerpo inmóvil, su inexpresivo rostro, su perpetuo silencio.

Tantos años cerca de alguien que parecía eternamente alejado.

Cuando eran jóvenes ansiaban una larga vida juntos, tantos propósitos, tan poco por cumplir.

Los sueños pasaron a ser recuerdos y estos, una caricia nostálgica del pasado.

Ella cayó al suelo, camino de firmar las escrituras de su unión.

Él no creía que aquello fuera necesario. Según él, no hacía falta ningún papel que confirmara el amor que sentían el uno por el otro.

Lo demostró en todo momento, a su lado. Mientras ella dormía, con los ojos abiertos o cerrados.

Hasta que un día él, siendo ya un anciano, murió.

A la mañana siguiente, ella también.

No besó su frente al despuntar el sol.

No había razón, su alma decidió marchar con él.




Dedicado a Jorge Sala

Fin

domingo, 12 de julio de 2015

Dulce Nombre "Versión Íntegra"

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Mis padres no son de esos que ponen a sus hijos los nombres de sus abuelos, ni los de ellos mismos, son jóvenes comparados con la mayoría de los de mis amigos. Son jóvenes y fueron hippies. Les gusta la música de los sesenta. En mi casa siempre suena el viejo tocadiscos. A penas vemos la televisión. Nada de noticias, ni programas del corazón o telenovelas. A todas horas suena Janis Joplin, Jimi Hendrix, Pink Floyd, The Doors y todos esos grupos de Rock, Folk y rarezas varias como King Crimson y demás. Mis preferidos son Jethro Tull, me fascina la flauta travesera y esa voz intensa e inquietante de Ian Anderson.


Es curioso que mi padre con veinte años se pareciera a Jesucristo, lucía larga melena y espesa barba. Es curioso porque mi padre es detective de homicidios, y la "pasma" o los "maderos", como ellos llamaban antaño a la policía, no eran del agrado de sus ideologías de paz, amor y libertad. Pero así es. Se apuntó en la academia a los treinta y dos años, aprobó las oposiciones y pasó las pruebas físicas y psicotécnicas. Tras siete largos años de servicio en el cuerpo, se sacó el máster en criminología.


Le pregunté a mi padre sobre la decisión de hacerse policía, su respuesta fue clara. "Sigo amando la ideología de la libertad y la paz, para que esos valores se mantengan firmes en esta sociedad, no hay que menospreciar al cuerpo de seguridad ciudadana, este mundo necesita buenos policías, honrados, trabajadores e implicados en un bien común".


Aún así, en sus tiempos como agente, mi padre tuvo que realizar labores lejos de sus propios ideales. Pero tenía un objetivo; ser detective de homicidios y meter a los asesinos entre rejas. Y al fin, lo consiguió. La verdad... Me alegro por él. Aunque él no se alegrará tanto de haber tomado tales decisiones. Odiará lo que es y lo que representa... Algún día.


***

El cuerpo de Andrea restaba desnudo sobre un gran charco de sangre. Todo su cuerpo estaba rodeado por el flujo bermellón. Múltiples heridas sobre el torso, cortes limpios. En su autopsia se averiguó que esos tajos se habían propinado con el filo de varios folios de papel, los restos de micro fibras de celulosa lo confirmaron. Del recto sodomizado, extrajeron una corta caña de bambú astillada, en su interior había un papiro, en él, una impresión tecleada con lo que parecía ser, una vieja máquina de escribir. El texto rezaba... "Mi nombre es Dulce Nombre".

El detective de homicidios, Roberto Sanz regresó a casa totalmente agotado. Discutió con su hija y se fue a dormir. Carla, la hija de Sanz, llamó a su mejor amiga, le lloró media hora y luego continuaron en contacto por el chat del móvil, hasta las tres de la madrugada.

A los tres días encontraron un nuevo cuerpo, esta vez mutilado, de brazos y piernas. En el recto, lo mismo. La caña y el papiro con idéntico texto.

Cabía la posibilidad de que el caso, con el encuentro del primer cuerpo, el de la joven Andrea, hubiera recaído sobre Fausto Hernández, pero se lo encomendaron al veterano Roberto Sanz. Sanz fue el segundo cuerpo hallado de aquel asesino.

El caso fue a parar a manos de Hernández, inmediatamente. Lo primero que pensó Fausto, al ojear los datos de los informes elaborados por su recientemente fallecido compañero, fue... "Dulce Nombre... Así se llamaba mi madre".

Carla lloraba desconsolada sobre el hombro de su mejor amiga, su padre había sido brutalmente asesinado, mutilado y sodomizado.

***

Mi nombre es Sofía, pero debería llamarme como mi abuelita.


Algún día... Mi nombre será, Dulce Nombre.


***

El mismísimo diablo había profanado el alma de aquellos rostros, el color de la vida, el aliento que emerge de la necesidad de estar vivo y el brillo de quien desea vivir.

El detective Sanz observó a los padres de Andrea, en sus caras se proyectaba la inocencia y el sufrimiento, pero aún así no podía descartar la sospecha. No hasta que la coartada quedara confirmada.

Al entrar en la habitación de aquella adolescente, un pequeño crujido en la nuca se proclamó vencedor, como de costumbre, en la sien de Sanz. Era la señal de la muerte injusta, la sentenciada por un prójimo a su víctima. Alguien qué, de no ser por aquel cruel acto, posiblemente hubiera vivido muchos y buenos años.

La joven, desnuda sobre la cama, abierta de brazos y piernas cual estrella de mar. Un sin fin de cortes limpios, poco profundos. Uno mortal en la yugular. Su boca y sus ojos abiertos, acristalados.

Sus padres habían ido al cine y a cenar a un restaurante fuera de la ciudad, en la costa este.

"¿A quien invitaste, Andrea?"... Se preguntaba el detective Sanz. "Y ¿Porque te hizo esto?"

Esa misma madrugada, el forense confirmó el resto. Andrea murió desangrada, mientras alucinaba por todo el LSD que había ingerido. Luego la sodomizaron con aquella caña de bambú, dejando el objeto en su interior. Y la única pista, la nota. "Mi nombre es Dulce Nombre".

Ni una sola huella, ni un cabello, una uña. Nada.

***

Carla siempre ha sido mi mejor amiga y matar a su padre resultó ser más fácil de lo que imaginé.

El hacha volaba en mis manos, el estaba totalmente ido. Me deseaba, de rodillas, frotando su miembro entre mis labios. O a cuatro patas, gimiendo con mi dulce y tierna voz, gimiendo como una niña. ¿Como una niña? Bueno, una niña es lo que soy. Con catorce años, una aún puede ser considerada una niña... ¿No es cierto?


***

Al detective Sanz lo hallaron a los tres días del asesinato de Andrea. Mutilado de brazos y piernas, cercenados con un hacha. El arma del crimen se encontraba sobre el torso de la víctima.

El cuerpo restaba en el sótano de su propia casa. Ocurrió de madrugada, mientras su hija Carla dormía, dos plantas más arriba. Sanz era viudo.

El caso fue a parar inmediatamente a manos de Fausto Hernández, su compañero en la central.

Tanto Fausto como su mujer, Claudia, habían quedado muy afectados por la muerte de Roberto, eran grandes amigos. Habían pasado los últimos fines de año juntos. Carla y Sofía siempre habían sido inseparables.

Sofía fingía divinamente ante su familia y el resto del vecindario. Parecía traumatizada por el reciente asesinato del padre de su mejor amiga.

***

Mi nombre es Sofía Hernández, pero algún día... Todos me llamarán, Dulce Nombre.

***

¿Recordáis al Coyote y al Correcaminos? Cuando era pequeña, mientras mi hermana reía hasta llorar con cada tropiezo y caída del pobre cánido y palmeaba sus manos entusiasmada al ver a ese infernal pajarraco salir victorioso de su cazador, yo me hacía siempre la misma pregunta; ¿Que tiene eso de divertido? A Ana le extrañaba mi pose seria frente a aquel desternillante espectáculo. Odiaba a aquella ave patilarga y escurridiza. En aquel momento me hice una promesa... "Seré el coyote más audaz que se haya visto, ninguna presa escapará de mis garras y jamás permitiré que nada ni nadie me dañe".

Francamente, era demasiado pequeña para tener ese tipo de pensamientos, pero recuerdo las sensaciones que tales ideas provocaron en mi.

Mi hermana murió con seis años, era dos mayor que yo. El socorrista no llegó a tiempo. Una pena... Una dulce pena.

***

El detective Hernández llegaba exhausto a casa. Su mujer estaba realmente preocupada, habían pasado tres meses desde el asesinato de Andrea y  Roberto Sanz. No tenían ningún sospechoso y aquella mañana apareció el tercer cuerpo. Estaban frente a un asesino en serie sin rostro ni rastro. No tenían ni una sola huella, nada. Tan solo aquella maldita nota. Sabían que tarde o temprano cometería un descuido, un error que los acercara a él... O a ella.

- ¿Un mal día Papi?

- Si, hija. De lo peor.

Fausto abrazó a su hija, la amaba. Tras la muerte de Ana, su padre quedó muy tocado, lógicamente. Fue entonces cuando decidió ser detective de homicidios. La muerte de su hija había sido un "supuesto" accidente, pero algo le indujo a albergar esa clara meta en su persona. Claudia nunca lo superó. La madre de Sofía restaba sumida en una constante tristeza, su sonrisa era una forzada mueca, una lucha imposible contra el desencanto.

***

A todos les encanta verme embutida en mi disfraz de Gata, observar como meneo mi cola y maúllo, "Estoy en celo" "Te necesito dentro" o "Voy a lamerte... Mi tierno quesito"... Esas frases les ponen a cien. 

Roberto se masturbaba mientras me paseaba ante él con mi traje de licra negra, mis pies y mis manos enfundadas, mi cara cubierta, mis orejitas en punta, mis contorsiones, gateando a su alrededor...

A Andrea le fascinaba que frotara mi figura felina por su cuerpo desnudo, me deseaba tanto.

***

Santiago tenía treinta y dos años, profesor de autoescuela. Lo encontraron en su coche, en el mirador del Monte Negro.

Al igual que en los anteriores dos cuerpos, en los análisis sanguíneos hallaron gran cantidad de LSD.

Le habían cercenado los testículos y se los habían introducido en la boca. En el recto una pequeña caña de bambú y en su interior una nota tecleada con una vieja máquina de escribir...

***
"Mi nombre es Dulce Nombre"

***

Necesito confesar. 

Ayer fui a visitar a mi abuelita al hospital. Lleva allí diez años, en coma profundo. Sabemos que no despertará jamás. Así lo afirmó el Dr. Figueroa. Hace tiempo que al referirme a ella lo hago en pasado.

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Cualquier día se irá y yo me querré marchar con ella. Antes de que eso ocurra debería confesar, debería confesarlo todo.

***

Santiago paseaba por el parque de los nísperos, al pie del Monte Negro. Se sentaba en un banco, lejos del bullicio de la ciudad. Leía una de sus novelas de misterio. 

Sofía se acercó a él, cierto día.

"Eres demasiado joven" le dijo tras varias charlas en aquel lugar. Pero cuando ella le propuso un juego, en el que un disfraz de gata y excitantes sugerencias eran el epicentro de sus propuestas, Santiago no pudo ni quiso resistirse.

Unas prácticas gratuitas con el coche de empresa fueron el obsequio a tantos instantes tremendamente satisfactorios para él. Hasta el día en el que regresó al argumento inicial. Aquella vez no por miedo si no como excusa. Una necesidad vital de huir de la niña que lo complacía y lo atormentaba por igual.

"Eres demasiado joven". 

Luego acabó su refresco. Ella ya le había añadido, sutilmente, un extra sin sabor alucinógeno. Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de desangrarse y asfixiarse con sus propias gonadas.

Ella lucía su traje de licra negro, en el mirador, sin testigos. Donde tantas veces habían usado el coche como dormitorio de las mil delicias. Como mil Alicias haciéndole caricias, conduciéndolo al país de las maravillas.

***

El detective Hernández estudiaba las fotografías de las escenas de los crímenes. 

En una de las instantáneas,  Hernández observó algo que le había pasado desapercibido. En un estante del sótano de su compañero, Roberto Sanz, segunda víctima de Dulce Nombre. 

Era la carcasa de una vieja máquina de escribir. 

Posiblemente no significara nada, no aportara nada a la investigación. Fausto no veía probable que fuera la misma máquina de escribir que utilizara el asesino para teclear aquellas notas.

Pero el detective presintió que debía comprobarlo. Tuvo una corazonada.

***

Mi madre se ha acercado a mí esta tarde. Me ha abrazado, me ama. Ha llorado sobre mi espalda.


***

- Debes acabar con esto, Sofía.

- Mi nombre es Dulce Nombre.

- Lo sé hija, lo sé.

***

- ¿Como estás, Carla?

Ella no contestó. Al ver al mejor amigo de su padre, sus ojos se inundaron en lágrimas.

El hermano de Roberto y su mujer se mudaron a casa de su sobrina. Cuidaban bien de ella, no tenían hijos y empezaban a experimentar algo parecido a ser padres, aunque la tristeza y la rabia pintaban todas las paredes de aquel hogar.

Aconsejaron a Carla ir a vivir con ellos, a su casa. Pero ella se negó rotundamente, quería permanecer allí, a pesar de todo.

El detective Hernández bajó al sótano, permanecía cerrado para el resto. Cogió la carcasa de la máquina de escribir, pesaba poco, estaba vacía.

- Ven a casa cuando quieras, Carla. Sofía te añora.

Pero ella continuaba muda, con los ojos rojos y llorosos, el cabello alborotado, enclaustrada en su habitación, vestida con el pijama, en su terrible soledad emocional. Más que nunca, echaba de menos a su madre.

***

Siempre he sido así, desde que ahogué a mi hermana, supongo que antes incluso. Una maldad innata, una necesidad de dejar salir a mi oscuro pasajero. Cuando la persona que está junto a mí disfruta conmigo, de mi presencia, de mi ser. Siento que me sumerjo en el agua, no puedo respirar, necesito emerger. El mal se apodera de todos mis sentidos, entonces actúo. Tengo la sensación de no ser yo misma en esos instantes, como si entrara en trance. Luego llega la calma y esa persona, quien estaba a mi lado, disfrutando conmigo, de mi presencia, de mi ser... Ya no está, ha dejado de respirar. Su sangre es la fuente de la que beben mis sentimientos ocultos. Olvido la realidad.

***

Sonó el móvil de Hernández, era una llamada de la central. Salió a toda prisa tras el aviso.

Un auxiliar informó al coordinador del Hospital St. Lorens, este llamó a la policía y ellos avisaron inmediatamente a Fausto.

***

- No puedo evitarlo, mamá. Yo soy Dulce Nombre. Yo maté a mi hermana.

- Tu no hiciste nada hija, tenías cuatro años. No eres la responsable de lo que ocurrió.

***

Recuerdo que estábamos en la piscina, nos quedamos un rato a solas con la abuela. Carla gritaba y luego cesaron los chillidos, estaba sumergida. No podía respirar. Dulce Nombre acabó con su vida. Yo soy Dulce Nombre. Yo soy...

***

El auxiliar entró en la habitación treinta y siete. Sofía presionaba con ambas manos el almohadón sobre el rostro inerte de su abuela, Dulce Nombre.

***

Fausto fue a visitar a su hija al correccional de menores.

- Sofía, hija mía.

Ella no contestó. Su rostro no era el de una niña, no era dulce ni respondía a ningún nombre. Era una mujer quebrada por la enfermedad, por la maldad y por un secreto oculto.

***

Entre las pertenencias de Sofía, las cuales fueron entregadas a su familia, había una llave plateada.

El detective Hernández halló un gran baúl escondido tras la ropa de su hija, en el armario de su habitación.

La llave plateada abría aquel enorme cofre.

Allí estaba la máquina de escribir de Sanz. Un disfraz de gata, de licra negra. Una cajita llena de pequeñas cañas de bambú y notas recortadas con el maldito texto;

"Mi nombre es Dulce Nombre".

Un pequeño frasco de LSD. Lo reconoció, era suyo. Creía que no se habría movido de una caja que guardaba en un altillo de su habitación. Aquel potente alucinógeno los había sumido a él y a su mujer, tantas veces, en su juventud, cuando no tenían hijos, en intensos estados de éxtasis.

Una sola gota los transportaba al país de las maravillas, un exceso de aquel brebaje podía ser mortal.

Fausto se puso en pie y observó el estante, la pequeña biblioteca de su hija. Casi todo eran libros de misterio y de terror.

"El Asesino de Escritores", "Feliz Cumpleaños", "Rojo Infierno", "La Indigesta Fantasía de Damián", "El Caserón", "Familia"... Hernández los ojeó.

En ellos ocurrían terribles asesinatos, cortes, amputaciones... Y secretos terribles de familias quebradas, misterios sin resolver y locura.

Se sentó sobre la cama de su hija y se maldijo.

Notó algo duro bajo el colchón. Era el diario de su hija. Escritos, con letras escarlatas, los pensamientos y recuerdos de una joven atormentada.

***

Diez años atrás, Claudia entraba en casa de su suegra. No contestaba al teléfono. Ella tenía las llaves, iba a ayudarla con las tareas del hogar.

La encontró tendida en el suelo, con la soga alrededor del cuello. La cuerda se había partido.

Sobre la mesa del comedor había una nota.

"Yo ahogué a Ana. Me quedé a solas con las niñas. Tuve una crisis. Ana gritaba y hundí su cuerpo en el agua. Sofía lloraba. "Has sido tú" le grité. Dulce Nombre, has sido tú, Dulce Nombre, has sido tú... Dulce Nombre". Regresé de aquel abismo en el que me encontraba. Por un tiempo no recordé nada. Desperté en el hospital. Más tarde empecé a recordar lo que ocurrió aquel día en la piscina. 
Entendí lo que había hecho, no puedo vivir con ello. Maté a mi nieta, mi Ana. Conduje a Sofía a la oscuridad. Lo veo en sus ojos. Siento mucho lo que pasó y debo morir, familia."

***

Fausto odiaba en lo que se había convertido y lo que representaba. Una voz interior lo indujo a ser detective de homicidios. Una corazonada emocional le susurraba una verdad que permanecía oculta y lo atormentaba. Siempre había sabido, en el fondo de su ser, que la muerte de su hija Ana no había sido un accidente y necesitaba encontrar al culpable.

***

Claudia quemó su odio y aquella carta. La confesión de la madre de su marido. No quería dañar a nadie con la verdad, pensó que ya estaban sufriendo lo impensable por la muerte de Ana y esa decisión fue el peor daño que podía recaer sobre su familia. El fuego destruyó la verdad y la tristeza se incrustó en su alma, por siempre jamás.

***

Las últimas palabras que leyó Fausto en el diario de Sofía fueron las siguientes:

Mi madre me ha explicado el origen de mi falso nombre, ahora sé quien soy y el porqué.

También sé quien no soy... 


Mi nombre jamás fue Dulce Nombre.




FIN

Dulce Nombre "Parte 6"

Fausto fue a visitar a su hija al correccional de menores.

- Sofía, hija mía.

Ella no contestó. Su rostro no era el de una niña, no era dulce ni respondía a ningún nombre. Era una mujer quebrada por la enfermedad, por la maldad y por un secreto oculto.

***

Entre las pertenencias de Sofía, las cuales fueron entregadas a su familia, había una llave plateada.

El detective Hernández halló un gran baúl escondido tras la ropa de su hija, en el armario de su habitación.

La llave plateada abría aquel enorme cofre.

Allí estaba la máquina de escribir de Sanz. Un disfraz de gata, de licra negra. Una cajita llena de pequeñas cañas de bambú y notas recortadas con el maldito texto;

"Mi nombre es Dulce Nombre".

Un pequeño frasco de LSD. Lo reconoció, era suyo. Creía que no se habría movido de una caja que guardaba en un altillo de su habitación. Aquel potente alucinógeno los había sumido a él y a su mujer, tantas veces, en su juventud, cuando no tenían hijos, en intensos estados de éxtasis.

Una sola gota los transportaba al país de las maravillas, un exceso de aquel brebaje podía ser mortal.

Fausto se puso en pie y observó el estante, la pequeña biblioteca de su hija. Casi todo eran libros de misterio y de terror.

"El Asesino de Escritores", "Feliz Cumpleaños", "Rojo Infierno", "La Indigesta Fantasía de Damián", "El Caserón", "Familia"... Hernández los ojeó.

En ellos ocurrían terribles asesinatos, cortes, amputaciones... Y secretos terribles de familias quebradas, misterios sin resolver y locura.

Se sentó sobre la cama de su hija y se maldijo.

Notó algo duro bajo el colchón. Era el diario de su hija. Escritos, con letras escarlatas, los pensamientos y recuerdos de una joven atormentada.

***

Diez años atrás, Claudia entraba en casa de su suegra. No contestaba al teléfono. Ella tenía las llaves, iba a ayudarla con las tareas del hogar.

La encontró tendida en el suelo, con la soga alrededor del cuello. La cuerda se había partido.

Sobre la mesa del comedor había una nota.

"Yo ahogué a Ana. Me quedé a solas con las niñas. Tuve una crisis. Ana gritaba y hundí su cuerpo en el agua. Sofía lloraba. "Has sido tú" le grité. Dulce Nombre, has sido tú, Dulce Nombre, has sido tú... Dulce Nombre". Regresé de aquel abismo en el que me encontraba. Por un tiempo no recordé nada. Desperté en el hospital. Más tarde empecé a recordar lo que ocurrió aquel día en la piscina. 
Entendí lo que había hecho, no puedo vivir con ello. Maté a mi nieta, mi Ana. Conduje a Sofía a la oscuridad. Lo veo en sus ojos. Siento mucho lo que pasó y debo morir, familia."

***

Fausto odiaba en lo que se había convertido y lo que representaba. Una voz interior lo indujo a ser detective de homicidios. Una corazonada emocional le susurraba una verdad que permanecía oculta y lo atormentaba. Siempre había sabido, en el fondo de su ser, que la muerte de su hija Ana no había sido un accidente y necesitaba encontrar al culpable.

***

Claudia quemó su odio y aquella carta. La confesión de la madre de su marido. No quería dañar a nadie con la verdad, pensó que ya estaban sufriendo lo impensable por la muerte de Ana y esa decisión fue el peor daño que podía recaer sobre su familia. El fuego destruyó la verdad y la tristeza se incrustó en su alma, por siempre jamás.

***

Las últimas palabras que leyó Fausto en el diario de Sofía fueron las siguientes:

Mi madre me ha explicado el origen de mi falso nombre, ahora sé quien soy y el porqué.

También sé quien no soy... 


Mi nombre jamás fue Dulce Nombre.






The Doors





jueves, 9 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 5"

- ¿Como estás, Carla?

Ella no contestó. Al ver al mejor amigo de su padre, sus ojos se inundaron en lágrimas.

El hermano de Roberto y su mujer se mudaron a casa de su sobrina. Cuidaban bien de ella, no tenían hijos y empezaban a experimentar algo parecido a ser padres, aunque la tristeza y la rabia pintaban todas las paredes de aquel hogar.

Aconsejaron a Carla ir a vivir con ellos, a su casa. Pero ella se negó rotundamente, quería permanecer allí, a pesar de todo.

El detective Hernández bajó al sótano, permanecía cerrado para el resto. Cogió la carcasa de la máquina de escribir, pesaba poco, estaba vacía.

- Ven a casa cuando quieras, Carla. Sofía te añora.

Pero ella continuaba muda, con los ojos rojos y llorosos, el cabello alborotado, enclaustrada en su habitación, vestida con el pijama, en su terrible soledad emocional. Más que nunca, echaba de menos a su madre.

***

Siempre he sido así, desde que ahogué a mi hermana, supongo que antes incluso. Una maldad innata, una necesidad de dejar salir a mi oscuro pasajero. Cuando la persona que está junto a mí disfruta conmigo, de mi presencia, de mi ser. Siento que me sumerjo en el agua, no puedo respirar, necesito emerger. El mal se apodera de todos mis sentidos, entonces actúo. Tengo la sensación de no ser yo misma en esos instantes, como si entrara en trance. Luego llega la calma y esa persona, quien estaba a mi lado, disfrutando conmigo, de mi presencia, de mi ser... Ya no está, ha dejado de respirar. Su sangre es la fuente de la que beben mis sentimientos ocultos. Olvido la realidad.

***

Sonó el móvil de Hernández, era una llamada de la central. Salió a toda prisa tras el aviso.

Un auxiliar informó al coordinador del Hospital St. Lorens, este llamó a la policía y ellos avisaron inmediatamente a Fausto.

***

- No puedo evitarlo, mamá. Yo soy Dulce Nombre. Yo maté a mi hermana.

- Tu no hiciste nada hija, tenías cuatro años. No eres la responsable de lo que ocurrió.

***

Recuerdo que estábamos en la piscina, nos quedamos un rato a solas con la abuela. Carla gritaba y luego cesaron los chillidos, estaba sumergida. No podía respirar. Dulce Nombre acabó con su vida. Yo soy Dulce Nombre. Yo soy...

***

El auxiliar entró en la habitación treinta y siete. Sofía presionaba con ambas manos el almohadón sobre el rostro inerte de su abuela, Dulce Nombre.

Continuará...


Jimi Hendrix

martes, 7 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 4"

Necesito confesar. 

Ayer fui a visitar a mi abuelita al hospital. Lleva allí diez años, en coma profundo. Sabemos que no despertará jamás. Así lo afirmó el Dr. Figueroa. Hace tiempo que al referirme a ella lo hago en pasado.

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Cualquier día se irá y yo me querré marchar con ella. Antes de que eso ocurra debería confesar, debería confesarlo todo.

***

Santiago paseaba por el parque de los nísperos, al pie del Monte Negro. Se sentaba en un banco, lejos del bullicio de la ciudad. Leía una de sus novelas de misterio. 

Sofía se acercó a él, cierto día.

"Eres demasiado joven" le dijo tras varias charlas en aquel lugar. Pero cuando ella le propuso un juego, en el que un disfraz de gata y excitantes sugerencias eran el epicentro de sus propuestas, Santiago no pudo ni quiso resistirse.

Unas prácticas gratuitas con el coche de empresa fueron el obsequio a tantos instantes tremendamente satisfactorios para él. Hasta el día en el que regresó al argumento inicial. Aquella vez no por miedo si no como excusa. Una necesidad vital de huir de la niña que lo complacía y lo atormentaba por igual.

"Eres demasiado joven". 

Luego acabó su refresco. Ella ya le había añadido, sutilmente, un extra sin sabor alucinógeno. Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de desangrarse y asfixiarse con sus propias gonadas.

Ella lucía su traje de licra negro, en el mirador, sin testigos. Donde tantas veces habían usado el coche como dormitorio de las mil delicias. Como mil Alicias haciéndole caricias, conduciéndolo al país de las maravillas.

***

El detective Hernández estudiaba las fotografías de las escenas de los crímenes. 

En una de las instantáneas,  Hernández observó algo que le había pasado desapercibido. En un estante del sótano de su compañero, Roberto Sanz, segunda víctima de Dulce Nombre. 

Era la carcasa de una vieja máquina de escribir. 

Posiblemente no significara nada, no aportara nada a la investigación. Fausto no veía probable que fuera la misma máquina de escribir que utilizara el asesino para teclear aquellas notas.

Pero el detective presintió que debía comprobarlo. Tuvo una corazonada.

***

Mi madre se ha acercado a mí esta tarde. Me ha abrazado, me ama. Ha llorado sobre mi espalda.


***

- Debes acabar con esto, Sofía.

- Mi nombre es Dulce Nombre.

- Lo sé hija, lo sé.




Continuará...


Janis Joplin






lunes, 6 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 3"

¿Recordáis al Coyote y al Correcaminos? Cuando era pequeña, mientras mi hermana reía hasta llorar con cada tropiezo y caída del pobre cánido y palmeaba sus manos entusiasmada al ver a ese infernal pajarraco salir victorioso de su cazador, yo me hacía siempre la misma pregunta; ¿Que tiene eso de divertido? A Ana le extrañaba mi pose seria frente a aquel desternillante espectáculo. Odiaba a aquella ave patilarga y escurridiza. En aquel momento me hice una promesa... "Seré el coyote más audaz que se haya visto, ninguna presa escapará de mis garras y jamás permitiré que nada ni nadie me dañe".

Francamente, era demasiado pequeña para tener ese tipo de pensamientos, pero recuerdo las sensaciones que tales ideas provocaron en mi.

Mi hermana murió con seis años, era dos mayor que yo. El socorrista no llegó a tiempo. Una pena... Una dulce pena.

***

El detective Hernández llegaba exhausto a casa. Su mujer estaba realmente preocupada, habían pasado tres meses desde el asesinato de Andrea y  Roberto Sanz. No tenían ningún sospechoso y aquella mañana apareció el tercer cuerpo. Estaban frente a un asesino en serie sin rostro ni rastro. No tenían ni una sola huella, nada. Tan solo aquella maldita nota. Sabían que tarde o temprano cometería un descuido, un error que los acercara a él... O a ella.

- ¿Un mal día Papi?

- Si, hija. De lo peor.

Fausto abrazó a su hija, la amaba. Tras la muerte de Ana, su padre quedó muy tocado, lógicamente. Fue entonces cuando decidió ser detective de homicidios. La muerte de su hija había sido un "supuesto" accidente, pero algo le indujo a albergar esa clara meta en su persona. Claudia nunca lo superó. La madre de Sofía restaba sumida en una constante tristeza, su sonrisa era una forzada mueca, una lucha imposible contra el desencanto.

***

A todos les encanta verme embutida en mi disfraz de Gata, observar como meneo mi cola y maúllo, "Estoy en celo" "Te necesito dentro" o "Voy a lamerte... Mi tierno quesito"... Esas frases les ponen a cien. 

Roberto se masturbaba mientras me paseaba ante él con mi traje de licra negra, mis pies y mis manos enfundadas, mi cara cubierta, mis orejitas en punta, mis contorsiones, gateando a su alrededor...

A Andrea le fascinaba que frotara mi figura felina por su cuerpo desnudo, me deseaba tanto.

***

Santiago tenía treinta y dos años, profesor de autoescuela. Lo encontraron en su coche, en el mirador del Monte Negro.

Al igual que en los anteriores dos cuerpos, en los análisis sanguíneos hallaron gran cantidad de LSD.

Le habían cercenado los testículos y se los habían introducido en la boca. En el recto una pequeña caña de bambú y en su interior una nota tecleada con una vieja máquina de escribir...

***
"Mi nombre es Dulce Nombre"





Continuará...


Pink Floyd



viernes, 3 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 2"

El mismísimo diablo había profanado el alma de aquellos rostros, el color de la vida, el aliento que emerge de la necesidad de estar vivo y el brillo de quien desea vivir.

El detective Sanz observó a los padres de Andrea, en sus caras se proyectaba la inocencia y el sufrimiento, pero aún así no podía descartar la sospecha. No hasta que la coartada quedara confirmada.

Al entrar en la habitación de aquella adolescente, un pequeño crujido en la nuca se proclamó vencedor, como de costumbre, en la sien de Sanz. Era la señal de la muerte injusta, la sentenciada por un prójimo a su víctima. Alguien qué, de no ser por aquel cruel acto, posiblemente hubiera vivido muchos y buenos años.

La joven, desnuda sobre la cama, abierta de brazos y piernas cual estrella de mar. Un sin fin de cortes limpios, poco profundos. Uno mortal en la yugular. Su boca y sus ojos abiertos, acristalados.

Sus padres habían ido al cine y a cenar a un restaurante fuera de la ciudad, en la costa este.

"¿A quien invitaste, Andrea?"... Se preguntaba el detective Sanz. "Y ¿Porque te hizo esto?"

Esa misma madrugada, el forense confirmó el resto. Andrea murió desangrada, mientras alucinaba por todo el LSD que había ingerido. Luego la sodomizaron con aquella caña de bambú, dejando el objeto en su interior. Y la única pista, la nota. "Mi nombre es Dulce Nombre".

Ni una sola huella, ni un cabello, una uña. Nada.

***

Carla siempre ha sido mi mejor amiga y matar a su padre resultó ser más fácil de lo que imaginé.

El hacha volaba en mis manos, el estaba totalmente ido. Me deseaba, de rodillas, frotando su miembro entre mis labios. O a cuatro patas, gimiendo con mi dulce y tierna voz, gimiendo como una niña. ¿Como una niña? Bueno, una niña es lo que soy. Con catorce años, una aún puede ser considerada una niña... ¿No es cierto?


***

Al detective Sanz lo hallaron a los tres días del asesinato de Andrea. Mutilado de brazos y piernas, cercenados con un hacha. El arma del crimen se encontraba sobre el torso de la víctima.

El cuerpo restaba en el sótano de su propia casa. Ocurrió de madrugada, mientras su hija Carla dormía, dos plantas más arriba. Sanz era viudo.

El caso fue a parar inmediatamente a manos de Fausto Hernández, su compañero en la central.

Tanto Fausto como su mujer, Claudia, habían quedado muy afectados por la muerte de Roberto, eran grandes amigos. Habían pasado los últimos fines de año juntos. Carla y Sofía siempre habían sido inseparables.

Sofía fingía divinamente ante su familia y el resto del vecindario. Parecía traumatizada por el reciente asesinato del padre de su mejor amiga.

***

Mi nombre es Sofía Hernández, pero algún día... Todos me llamarán, Dulce Nombre.



Continuará...


Jethro Tull


jueves, 2 de julio de 2015

Marioneta "Introspección" PARTE III

Leo los comentarios que dejas sobre mis escritos, sobre aquellos que comparto.

Lo que empezó como alimento en mi estómago y replanteamiento orgánico en mi cerebro se acabó de forjar en el tintero.

Ahora el resultado está colgado en una red de navegantes entre los que te encuentras tú, mi preciado titiritero. Has buceado en mis palabras y las has hecho tuyas, en este preciso instante, tras elaborarlas y plasmarlas, nadan en tu mente, en tu fuero interno.

He sido tu marioneta durante todo este tiempo y el objetivo se ha cumplido. El texto ya no es tan solo mío, ahora se encuentra en un lugar donde nadie puede detenerlo, como un secreto desvelado que pertenece a todo aquel a quien ha sido contado y corre veloz en busca de nuevos receptores.

Leo tus interpretaciones, tus valoraciones y conclusiones. Las ondas del emisor regresan, se han transformado en nuevos datos que la marioneta absorbe, es el último estímulo necesario en el recorrido de la expresión literaria. La crítica de la obra.

La marioneta se siente satisfecha, su titiritero es una confabulación entre su mente y la de quien se encuentra al otro lado.

La tuya y la mía, ambas en esta experimentación empírica de creaciones propias y ajenas que se mezclan y dan como resultado un propósito resuelto.

Os hablo del inicio y de la finalidad, de la vida y la muerte y no reparo en ser conciso.

Estás son mis primeras palabras, siempre fueron las primeras. Desde el principio.



Fin

* Para leer "La Marioneta 3. Titiritero" de María Campra pincha AQUÍ

* Para leer "Marioneta: La Liberación (Parte III) de Julia C. pincha AQUÍ

miércoles, 1 de julio de 2015

Dulce Nombre

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Mis padres no son de esos que ponen a sus hijos los nombres de sus abuelos, ni los de ellos mismos, son jóvenes comparados con la mayoría de los de mis amigos. Son jóvenes y fueron hippies. Les gusta la música de los sesenta. En mi casa siempre suena el viejo tocadiscos. A penas vemos la televisión. Nada de noticias, ni programas del corazón o telenovelas. A todas horas suena Janis Joplin, Jimi Hendrix, Pink Floyd, The Doors y todos esos grupos de Rock, Folk y rarezas varias como King Crimson y demás. Mis preferidos son Jethro Tull, me fascina la flauta travesera y esa voz intensa e inquietante de Ian Anderson.


Es curioso que mi padre con veinte años se pareciera a Jesucristo, lucía larga melena y espesa barba. Es curioso porque mi padre es detective de homicidios, y la "pasma" o los "maderos", como ellos llamaban antaño a la policía, no eran del agrado de sus ideologías de paz, amor y libertad. Pero así es. Se apuntó en la academia a los treinta y dos años, aprobó las oposiciones y pasó las pruebas físicas y psicotécnicas. Tras siete largos años de servicio en el cuerpo, se sacó el máster en criminología.


Le pregunté a mi padre sobre la decisión de hacerse policía, su respuesta fue clara. "Sigo amando la ideología de la libertad y la paz, para que esos valores se mantengan firmes en esta sociedad, no hay que menospreciar al cuerpo de seguridad ciudadana, este mundo necesita buenos policías, honrados, trabajadores e implicados en un bien común".


Aún así, en sus tiempos como agente, mi padre tuvo que realizar labores lejos de sus propios ideales. Pero tenía un objetivo; ser detective de homicidios y meter a los asesinos entre rejas. Y al fin, lo consiguió. La verdad... Me alegro por él. Aunque él no se alegrará tanto de haber tomado tales decisiones. Odiará lo que es y lo que representa... Algún día.


***

El cuerpo de Andrea restaba desnudo sobre un gran charco de sangre. Todo su cuerpo estaba rodeado por el flujo bermellón. Múltiples heridas sobre el torso, cortes limpios. En su autopsia se averiguó que esos tajos se habían propinado con el filo de varios folios de papel, los restos de micro fibras de celulosa lo confirmaron. Del recto sodomizado, extrajeron una corta caña de bambú astillada, en su interior había un papiro, en él, una impresión tecleada con lo que parecía ser, una vieja máquina de escribir. El texto rezaba... "Mi nombre es Dulce Nombre".

El detective de homicidios, Roberto Sanz regresó a casa totalmente agotado. Discutió con su hija y se fue a dormir. Carla, la hija de Sanz, llamó a su mejor amiga, le lloró media hora y luego continuaron en contacto por el chat del móvil, hasta las tres de la madrugada.

A los tres días encontraron un nuevo cuerpo, esta vez mutilado, de brazos y piernas. En el recto, lo mismo. La caña y el papiro con idéntico texto.

Cabía la posibilidad de que el caso, con el encuentro del primer cuerpo, el de la joven Andrea, hubiera recaído sobre Fausto Hernández, pero se lo encomendaron al veterano Roberto Sanz. Sanz fue el segundo cuerpo hallado de aquel asesino.

El caso fue a parar a manos de Hernández, inmediatamente. Lo primero que pensó Fausto, al ojear los datos de los informes elaborados por su recientemente fallecido compañero, fue... "Dulce Nombre... Así se llamaba mi madre".

Carla lloraba desconsolada sobre el hombro de su mejor amiga, su padre había sido brutalmente asesinado, mutilado y sodomizado.

***

Mi nombre es Sofía, pero debería llamarme como mi abuelita.


Algún día... Mi nombre será, Dulce Nombre.






Continuará...





King Crimson